El problema


El problema de Brett Kavanaugh, el juez conservador propuesto por Trump para el Tribunal Supremo es doble: si consigue la aprobación, habrá mayoría conservadora en el Tribunal durante bastante tiempo, algo que lógicamente aterra a los progresistas. Y por otra parte, los abortistas le quieren mal. Mejor, le detestan. De ahí tanto escándalo por unos supuestos hechos sucedidos hace más de treinta años, nunca denunciados, y de los que nadie hasta el momento ha sido capaz de aportar alguna prueba independiente.

Ahí radica la ventaja de argumentar desde la galaxia del #metoo, que cumple un año precisamente esta semana: en que resulta obligatorio creer a quien denuncia por el mero hecho de ser mujer, aunque no aduzca más que su escueta versión. Se ve que sus adversarios no encontraron suficientes argumentos profesionales o políticos para rechazar a Kavanaugh o, al menos, todo el espectáculo mediático -tan predecible, por otra parte en cuanto a medios y protagonistas- se ha montado en torno al supuesto intento de violación y no en torno a la carrera o las convicciones del juez.

Todo esto, me parece, demuestra dos cosas: el poder eficacísimo que ha adquirido el movimiento #metoo, que no necesita justificar nunca nada y puede destruir a quien le parezca; y que la falta de confianza de los abortistas en sus argumentos, más debilitados cada día ante la opinión pública, ha alcanzado tal grado que prefieren esquivar el verdadero debate, el que una auténtica democracia merece y necesita. Sin contar, claro, que parece una broma que a estas alturas se hable de «comportamiento sexual inadecuado». Alguien decidió hace tiempo que tal cosa no existía…

@pacosanchez

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