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Vienen los bárbaros


La medida urgente número veintiuno de las cien que propone el partido ultraderechista Vox, dice así:

«Ayudar a los países en desarrollo, víctimas también de las mafias de tráfico de personas, que debilitan sus naciones extrayendo sus recursos humanos y económicos para ofrecerlos luego como esclavos en Europa. Condicionar la ayuda al desarrollo a que los países acepten la repatriación de inmigrantes ilegales y delincuentes».

Julio Anguita ha expresado algunas lindezas en una entrevista esta semana, y salvo los delirios sobre delincuentes, lo cierto es que coincide bastante con lo que propone Vox. Pero no se queda ahí. También alude a un inexistente buenismo que pretende dejar las puertas abiertas a todos los que pretendan venir a Europa. Habla de millones. Más abajo en la entrevista concreta con una cifra recién extraída de algún oscuro rincón de su mente:  diez millones de personas. Lo mismo podría haber dicho cincuenta o quinientos, da igual. Es mentira, nadie pretende eso, y lo sabe perfectamente. Además, alude a la caída del Imperio Romano como si de un día para otro nos fueran a invadir hordas de bárbaros para arrasar con todo, obligar a nuestras adolescentes a practicar sexo con ellos, saquear nuestras iglesias y volver a sus países con un rico botín o, quién sabe, igual se quedan a compartir sus costumbres salvajes, su paganismo y sus sacrificios humanos multiculturales.

Anguita intenta esquivar con su acostumbrado tono displicente las acusaciones de estar un poco más bien a la derecha e intenta alejarse de Vox todo lo que puede. Dice que le gusta lo que ha hecho Donald Trump, pero no le gusta Donald Trump en sí. Dice también, y esto es verdad, que el gobierno italiano no es fascista, si bien hay fascistas en el gobierno italiano. Por eso mismo, no se puede acusar al exlíder de Izquierda Unida de ser un fascista, pues todavía está en fase de lograrlo, como el gobierno italiano.  Todos sus argumentos, por llamarlos de alguna manera, los podemos leer a diario en los medios más rancios o en la cuenta de Twitter del Club de los Viernes. No son argumentos basados en la realidad, y esto lo saben muy bien Anguita, Vestrynge y Monereo, las tres viejas glorias guardianas de occidente que vienen a salvarnos de los negros. La diferencia entre la caverna mediática y estos tres señores no es más que estética. Vestrynge dice que Vox no es un partido de ultraderecha o de extrema derecha. También, hace tiempo, dijo que el partido de Le Pen no es un partido fascista. Quizá tenga razón, pues si alguien en este país sabe lo que es ser un fascista es Jorge Vestrynge y puede que estos dos partidos le estén decepcionando.  Así que ni Salvini, ni Trump, ni Le Pen son de extrema derecha. Coincido con quienes dicen que se ha abusado del término fascista. Ya saben, mi vecino me moja el techo, es un fascista. Mi jefe cobra más que yo, es un fascista. No me dejan fumar porros en la calle porque vivo en un estado fascista, esas cosas. Decir que todo es fascismo es igual que decir que nada lo es. Pero tampoco estoy dispuesto a saltar a otro extremo en el que nada es ni se parece ni huele a fascismo.

No acabo de entender cómo pretenden frenar la inmigración. Es un fenómeno muy complejo que no es tan fácil de afrontar en unas pocas frases. Hagamos lo que hagamos, la gente va a seguir viniendo, o lo va a seguir intentando. No tengo ni la más remota idea de cómo se puede solucionar este problema. Soy consciente de que puede que sea la única persona en toda España que ignora cómo solucionar esto, no crean que no. Y también soy consciente de que llevo escuchando exactamente los mismos argumentos contra el fenómeno desde que España empezó a ser un país de acogida,  Anteayer, en Twitter, al criticar las opiniones de Julio Anguita, se llenaron las menciones en mi cuenta de personas que gustosamente le habrían dado una paliza cuando era líder de Izquierda Unida. Algunas personas me dicen que no podemos llenar esto de inmigrantes para que luego caigan en un trabajo en régimen de semiesclavitud en algún invernadero almeriense, como si las condiciones laborales en muchos de esos sitios no fueran ilegales y punibles, como si fuera algo inevitable, como si la explotación laboral fuera un fenómeno natural, como un terremoto o una erupción volcánica. Así parece verlo la formación de Santiago Abascal: no hay explotadores, solo explotados por lo intangible. Como si esto no fuera culpa directamente de empresarios sin escrúpulos que campan a sus anchas por todo el país.  Me dicen, y dice también Julio Anguita con sus diez millones y el buenismo de los otros, que si tanto me gustan los inmigrantes los meta en mi casa. Yo, que vivo en treinta y siete metros cuadrados, no sé muy bien donde podría meter a nadie, la verdad, posiblemente la casa de Julio Anguita sea bastante más grande que la mía.

Cometen un error de bulto quienes sostienen que el gobierno italiano o Donald Trump han hecho cosas buenas y que por ello no podemos deshechar toda su gestión. El problema con la ultraderecha, ya que no podemos hablar todavía de un gobierno fascista, es que no deberíamos mirar con buenos ojos estas medidas porque van de la mano de las otras. No hay una grieta insalvable entre ellas. Las medidas más «buenistas», son las que hacen digerible cualquier  barbaridad. Son el sabor dulzón del jarabe infantil, el poli bueno y el poli malo.  Hay algo terrible en esta, digamos, xenofobia de baja intensidad, y es que cuaja mucho mejor que los discursos nazis del Hogar Social Madrid: es la foto con un negro que se hace Salvini, es el militante negro de Vox, es el buenismo anguitista sobre el humanitarismo con los inmigrantes en una aclaración que nadie le ha pedido, ese «no soy como ellos» que se dice sin decir.  Y es cierto, claro, nadie es como ellos. Al menos, hasta que la mayoría lo es.

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