En política, imponer el marco de discusión en el debate público es crucial. No hace falta ser Lakoff para saberlo. Y hay que reconocer que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias lo han logrado con una sola cifra, introducida hábilmente en su acuerdo político sobre los Presupuestos. Los 900 euros a los que eleva el salario mínimo, la mayor subida de la historia de la democracia, se ha convertido en un símbolo que todo el mundo reconoce, un mensaje muy potente que va más allá de que se aprueben o no las cuentas públicas, porque representa una importante baza electoral para la izquierda, coloca a sus adversarios del PP y Ciudadanos a la defensiva y pone la pelota en el tejado de los independentistas catalanes. Dicho de otra forma, quienes rechacen esa medida y, por extensión, los Presupuestos serán culpados por los firmantes de insensibles por oponerse a que los más castigados por la crisis vean por fin algún fruto de la tan cacareada recuperación. Cualquier crítica, por fundamentada que sea, será respondida con un número, 900, y quien la emita tildado de antisocial. Sí, suena a simplista, pero en política a veces lo más simple es lo que funciona. Mucho más simplista, hasta caer en el ridículo, es afirmar, como hacen algunos dirigentes de la derecha, que España va camino de ser una Venezuela sumida en la hambruna y la miseria, y, sin embargo, cala en buena parte de su electorado. Desafortunadamente, la política española ha entrado en un bucle de insoportable inanidad, en el que el debate se ha sustituido por la diatriba, la infantilización y el tremendismo. En contraposición, la bandera de los 900 euros resulta eficaz y movilizadora, porque, estrategias partidistas aparte, es cuantificable y tiene un claro contenido de justicia social.

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