El premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica de la edición 2018 ha sido concedido al gran investigador Svante Pääbo (Estocolmo, 1955). Sin duda, hoy motivo de celebración y reconocimiento a una gran figura de la ciencia actual, cuyo trabajo y visión ha hecho casi cotidiano lo que hace poco más de una década era pura fantasía: extraer información genética de los restos fósiles de especies extinguidas. Pocos campos de la ciencia han experimentado un progreso tan extraordinario como el de la paleogenética, guiado en gran medida por el galardonado. Todos aquellos que, de un modo u otro, hemos participado en el desarrollo de esta disciplina compartimos una sensación dual sobre el paso del tiempo. Todo ha sucedido de manera fugaz, como en un instante, y a la vez ha transcurrido una eternidad desde los primeros resultados a los logros de hoy.

Hijo de científicos (su madre era química de profesión y su padre compartió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1982), la carrera del profesor Pääbo es ya larga y fructífera. Aunque su formación arrancó en las ciencias biomédicas, pronto se dio a conocer en el estudio del ADN antiguo con la extracción en 1985 de material genético de una momia egipcia de 2.500 años de antigüedad, un auténtico hito para la ciencia en aquel momento. Rodeado siempre de un equipo de investigadores jóvenes con talento, Svante fue perfeccionando las técnicas que hicieron posible llegar donde hoy estamos: un tiempo de acelerada investigación en el estudio del ADN especies humanas extinguidas que ha cambiado nuestra manera de entender la evolución humana. Uno de los grandes hitos de la carreta de Pääbo fue la recuperación del ADN mitocondrial del holotipo de la especie Homo neanderthalensis, aquel esqueleto que apareció en 1856 en el valle de Neander y dio nombre a ese enigmático grupo humano. Su equipo publicó en 1996 en la revista Cell los primeros datos, abriendo el camino a un nuevo universo científico y conceptual.

En esa carrera imparable, el año 2010 supuso un punto de inflexión en esta trayectoria, rompiendo las barreras del conocimiento y adentrándose en la era de la paleogenómica. Ese año vieron la luz los resultados del gran proyecto Genoma Neandertal. Se trataba de reconstruir el primer borrador de un genoma completo (es decir, de toda la información genética que contiene el núcleo de las células) de una especie humana ya desaparecida. Con este logro, las bases genéticas de los neandertales empezaban a quedar al descubierto y con ellas la posibilidad de preguntarnos sobre nosotros mismos. El genoma neandertal aportaba por vez primera una vara de medir los cambios acumulados en los procesos evolutivos y nos permitió aproximarnos a una respuesta genética a la pregunta “qué nos hace humanos”. Svante Pääbo y su grupo dieron un paso de gigante en esa dirección. Los integrantes del equipo de El Sidrón (Asturias) tuvimos la oportunidad de participar en estas investigaciones gracias al análisis de algunos restos de la extraordinaria muestra de neandertales recuperados en esta cueva de Borines, en Piloña. Además de una enorme satisfacción personal, tal colaboración supuso un gran éxito para la ciencia española.

En diciembre de ese 2010 se publicó también el genoma de una linaje humano fósil previamente desconocido. Recuperados en cueva de Denisova, al sur de Siberia, unos diminutos fósiles proporcionaron una gran cantidad de información genética. Tras su análisis y comparación con neandertales y humanos modernos, los restos desvelaron la existencia de una enigmática población, desconocida, que recibió el nombre de Denisovanos. Y a estos logros les siguieron otros también relacionados con el ADN de los primeros cromañones.

Unos análisis que, en conjunto, han desvelado que nuestros cromosomas son portadores de genes transferidos desde especies humanas arcaicas cuyo legado genético afecta a nuestra biología de hoy. En ambos casos, neandertales y denosivanos han aportado genes a las poblaciones humanas actuales, desvelando que la hibridación ha sido un mecanismo evolutivo relevante en el árbol de los homininos. En el momento de escribir o leer estas líneas, en nosotros actúa la herencia de la prehistoria. Aspectos de la vida neandertal viven aun en nosotros. Tal circunstancia ha desembocado en un potente programa de investigación que pretende poner en claro en qué modo los genes del pasado afectan a nuestro presente.

Y nuevos logros salpican la trayectoria de Svante Pääbo. La barrera del tiempo va perdiendo su obstinada resistencia y hoy conocemos ya algo del ADN de los ancestros de los neandertales. Humanos que vivieron en la Sierra de Atapuerca hace más 400.000 años han dejado entrever sus rasgos genéticos a la luz de la pericia técnica del equipo del premiado. Y para completar ese cuadro próximo a la ciencia ficción, también se ha conseguido extraer ADN de los sedimentos. Si previamente la procedencia del material genético era de huesos y dientes fosilizados, la nueva virguería científico-técnica ha permitido analizar las arcillas y gravas de las cuevas y extraer del suelo moléculas de ácido desoxirribonucleico de animales y humanos arcaicos. Increíble. Y en este logro también ha participado el equipo de El Sidrón, de cuyos sedimentos se han extraído ADN de neandertales, pero no de otros mamíferos.

En resumen, una carrera impresionante que nos lleva a propios y extraños a descubrirnos ante una figura científica de una gran altura: Svante Pääbo. ¡Felicidades!

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El guía de la paleontología