Un importante paso adelante


El acuerdo entre el gobierno del PSOE y Unidos Podemos sobre los presupuestos es una excelente noticia. Si algo han demostrado todas las elecciones desde 2011 y ratifican las encuestas es que la ciudadanía sigue dividida en dos grandes bloques de opinión, lo que convencionalmente denominamos derechas e izquierdas, bastante equilibrados entre sí, aunque más plurales. El giro conservador de Ciudadanos, que abandonó primero las veleidades socialdemócratas y ahora parece haberse olvidado del liberalismo político, lo ha convertido en socio de hecho del PP. Una izquierda quebrada por el sectarismo habría dejado las manos libres a la coalición derechista.

El pacto ha demostrado que la cooperación entre el PSOE y Unidos Podemos puede conducir a un cambio hacia políticas más sociales y a reformas legales que permitan recobrar derechos laborales y libertades. Se ha mostrado el camino hacia la verdadera recuperación de la crisis, a la corrección del aumento de las desigualdades y del recorte de derechos que habían impuesto los gobiernos del PP desde la época de Aznar. Es probable que los presupuestos no consigan mayoría suficiente en el parlamento, pero lo importante es que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias hayan firmado el acuerdo y los electores sepan que se podrá reproducir tras las próximas elecciones.

Era de esperar el alboroto que ha provocado entre los conservadores, lo que produce más temor es la tímida defensa de los progresistas. Es verdad que la sobreactuación de los políticos y sus adalides mediáticos resta eficacia a su campaña, pero si alguna virtud tienen es la tenacidad y es bien sabido que lo que mucho se repite acaba pareciendo cierto. Hay un ejemplo paradigmático: sostienen escandalizados que la reforma fiscal va a aumentar los impuestos sobre los trabajadores y las clases medias.

Gracias a ellos, he descubierto que soy un pobre proletario al límite de la exclusión social ¡no gano al año ni la mitad de los 130.000 € necesarios para que me pudiese afectar el aumento del IRPF! Y eso que soy profesor de universidad con 35 años de servicio. Tengo amigos y familiares que son profesores, abogados, conservadores de museos, médicos, arqueólogos, funcionarios, hasta algún pequeño empresario, no sé de ninguno que vaya a verse afectado. Me temo que, salvo, por lo que parece, los columnistas de los diarios conservadores madrileños y los directivos de empresas importantes, la inmensa mayoría de los asalariados y autónomos no tiene motivo para alarmarse. Algo parecido sucede con el gasóleo, que, como mucho, se equiparará a lo que ahora cuesta en Galicia, no precisamente gobernada por un izquierdista. No parece difícil rebatir esos argumentos, tampoco defender los presupuestos y las reformas legislativas propuestas.

Este país es dado a la hipérbole y probablemente animados por el triunfo de Bolsonaro, que ya cuenta en Madrid con un columnista de sonoro nombre alemán como seguidor entusiasta y confeso, proliferan los que lo ven gobernado por los comunistas. Debo confesar que eso no me disgusta, me voy haciendo mayor, soy historiador y con frecuencia me noto afectado por la nostalgia del pasado e incluso por la melancolía. La lectura de los tres diarios conservadores de la capital (por fortuna, se ha recuperado la pluralidad asimétrica en la prensa impresa madrileña), me produce ensoñaciones que me conducen no ya a mi juventud, a tiempos que nunca conocí. Espero salir a la calle y encontrarme con columnas de obreros cantando la Internacional, la bandera roja en el ayuntamiento o la nacionalización de la banca en la primera página de los periódicos.

Lo malo es que a mí el sueño me dura mucho menos que a sus lectores más militantes,espero que no demasiados, persuadidos de que es inminente la destrucción de España, la persecución de los católicos y el secuestro de sus ahorros. Afortunadamente, la mayoría de los españoles parece poco alarmada por las amenazas de catástrofe. Quizá, debido a la historia reciente, la única que puede tener éxito es la de la recaída en la crisis, el gobierno tendrá que poner empeño en explicar su política económica y convencer de que no corremos ese riesgo

Un juego realmente peligroso es el de la carrera de las derechas a ver quién propone el mayor disparate sobre Cataluña y, por extensión, sobre el sistema de autonomías. Vox es el único que reconoce expresamente que quiere volver al centralismo bonapartista, pero la suspensión indefinida de la autonomía, que parece haberse convertido en el mantra de PP y Ciudadanos, no le anda muy lejos. La prohibición de partidos políticos, un nuevo endurecimiento de un código penal que ya comprobamos que es mucho más duro que el de otros países de la UE, de ahí las dificultades con las extradiciones, o limitaciones a la libertad de expresión serían atentados directos contra la democracia, de consecuencias imprevisibles. Mecanismos legales para impedir la secesión hay de sobra, se ha visto, el problema es que la mitad de la población catalana la quiere y los independentistas ganan las elecciones. En una democracia eso obliga a buscar soluciones políticas y, en todo caso, a convencer para obtener mayorías alternativas, el recurso a la simple represión de las mayorías, o minorías, que disgustan es propio de las dictaduras.Tampoco parece muy útil, y es arriesgado, el combatir un nacionalismo con otro, pero es legítimo. Otra cosa es a donde puede conducir la que, al fin y al cabo, es la vía de Trump, Bolsonaro, Orbán, Putin, Salvini, Torra...

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