El arte del reporterismo


Preguntar por un libro de Guillermoprieto en una reputada y afamada cadena de librerías llega a ser un desafío, a ser lo más parecido a encapricharse por un objeto de culto. No hay, no consta en el catálogo… Huérfanos por estas latitudes de una de las periodistas que mejor representa el arte del reporterismo, fueron diarios y revistas estadounidenses los que se beneficiaron de su maestría. Ahora, el Premio Príncipe de Asturias nos acerca al periodismo de quien combina el rigor y pulcritud para contar episodios históricos de de América Latina con la narrativa y el adjetivo apropiado y proporcionado.

Empaparse de sus crónicas en The Washington Post, The Guardian, Newsweek … es un sano ejercicio de aprendizaje, y de memoria para recordar un periodismo épico, el de los grandes reportajes de la década de los años 80 y 90. Un periodismo que marcó una época, desprovisto de las injerencias y los ropajes tecnológicos de internet, las redes sociales, imágenes de móvil (resulta un atrevimiento llamarlas fotografías). Hoy las revoluciones se televisan, antes se vivían, se narraban… Las vivían y contaban quienes como Alma Guillermoprieto entendían el periodismo con un compromiso arrollador. No es sólo un ejemplo periodístico, sino vital. El ejemplo de una joven que, sin nada, sin contrato, con líneas ‘al peso’… arriesgó y se zambulló en la hirviente América Latina de entonces. Cuba, Nicaragua, El Salvador, Chiapas,… Guillermoprieto se coloca en primera línea. En su carrera sólo hubo un contrato fijo. Fue con Newsweek. Aguantó dos años. Recuerda.

El Premio Príncipe de Asturias es una oportunidad para descubrir o redescubrir a Guillermoprieto, y adentrarse en la América Latina de las revoluciones y la convulsión social de finales del siglo XX. Sus crónicas, sus historias, el retablo de personajes y lugares remueven. No dejan indiferente. Su mirada desnuda la tragedia y la injusticia sufrida por inocentes de un continente en constante reinvención. Su lenguaje retrata los dramas de países que persiguen la libertad a golpe de revoluciones y muerte. Sus crónicas alternan una descripción precisa, certera, con un análisis del contexto social y político. Consigue sembrar desasosiego e indignación en el lector por el horror de la muerte y la injusticia. Así ocurre en la historia de El Playón, en El Salvador. O en el relato de uno de los episodios más renombrados de su trayectoria, el de la matanza del Mozote, también en El Salvador. Por no hablar, de su amor y desamor por Cuba.

Ese reporterismo de finales del siglo XX, que Guillermoprieto ha seguido cultivando, merece reivindicarse en los tiempos de la revolución digital y virtual, de las plantillas ajustadas y presupuestos de ‘bajo coste’. No es un periodismo descatalogado, pese a no figurar en algunas rutilantes librerías. Es el arte y ejemplo de un periodismo con mayúsculas, que sirvió de inspiración a más de un joven bachiller para recalar en alguna de las facultades de la época, que entonces se contaban con los dedos de una mano.

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