Médicos (con fronteras)


La perseverante deshumanización de la medicina anda a estas alturas más próxima a la robótica que a la antropología, disciplina esta a la que la otra le está preparando los rituales habituales de una defunción. La implicación de este hecho, por el que toda antropología será exclusivamente paleoantropología, es un trasvase de las excepciones; es decidir: si en el siglo pasado se podía hablar de unos cuantos médicos carentes de humanidad, en el XXI hemos de ir aceptando que son unos cuantos los que la tienen. Todavía no se aprecia un número tan reducido como para considerarlo excepcional, porque no llevamos ni dos décadas, pero la proyección del trasvase delata la fotografía que será revelada no más allá de un lustro.

Aunque alguien pudiera pensar que vamos a incurrir en un encaramiento, sostenemos que, a más civilización, menos naturaleza. Se comprenderá mejor formulado de esta otra forma. Civilizar es huir de la condición de animal. El mayúsculo error del hombre consiste en el (imposible) desprenderse de su estatus animal. Es precisamente este imaginario desprendimiento quien ha arrojado ya, sin vuelta atrás, al Mundo al abismo. Y es también precisamente esta fobia la que se desdobla, la fobia, en dos direcciones, una apuntando a los animales, otra, a otros de su especie que, en consecuencia, se les equipara con aquellos o, a lo sumo, se les coloca en algún lugar intermedio, bajo el rótulo de pseudo animales. Así, y este es un caso que, por conocido y cercano, tiene potencia clarificadora, en los manuales escolares catalanes se sostiene que Cataluña es un país industrial y avanzado y España, ganadero y atrasado. O lo que es lo mismo, que somos una simbiosis de vaca y persona.

Las fronteras que nos confinan en el artificio, pues, se han levantado siguiendo los planos de los arquitectos del renacido Minotauro (el Capitalismo), que ha visto en las tecnologías digitales el medio para llevar a los civilizados a una realidad virtual en la que la consciencia ha sido atravesada por láminas de silicio codiciosas. Todos estamos en el interior de estas fronteras, viviendo en la locura. ¿Quién puede escapar a los mitos de su tiempo? Solo quien es capaz de observar la realidad desde la realidad misma. Lo duro de esta observación es el número de víctimas que exige este Minotauro actualizado, y los enfermos son ya visibles en las columnas que desfilan hacia el nuevo palacio de Cnosos.

El médico, prisionero entre los prisioneros en las fronteras mentales, tiende a unas prácticas desilusionantes e insensibles. Puede llegar a tener un paciente enfrente y no mirarlo, porque virtualmente está en algoritmos en una pantalla. Puede no levantarse del sillón, enfundarse los guantes y palparlo. Puede pasar visita a un encamado sin dirigirle una palabra informativa, de ánimo, de consuelo.

El médico tiende ahora más que antes a «lavarse las manos». Las abundantes y afinadas pruebas analíticas, invasivas y magnético-radio diagnósticas le bastan, al contrario que a un veterinario que examina a un cerdo. El médico respira el oxígeno hiper saturado que le suministra el contexto socioeconómico. Su ojo clínico se atrofia, perdiendo la visión central en favor de la periférica. La distancia entre los términos Hipócrates e Hipócrita se está acortando al mismo ritmo que la disolución de la sociedad humana real.

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