Una mujer del mar


«Para mí, uno de los grandes milagros de la vida es la enorme semejanza que existe entre todos los seres». Eso lo dice ella y termina añadiendo: «Las diferencias a nivel químico son mínimas en lo relativo al ADN y ARN». Sí, lo dice ella, lo dice quien conoce perfectamente ese mundo hostil para nosotros pero vital para nuestra existencia… El océano. Ella comenzó ya siendo niña a preguntar constantemente, sin la pregunta no existe la respuesta. No existe el conocimiento si no existe la interrogación, si no existe el enigma y si no existen las ganas de descubrir y descifrar no el color de las cosas, sino el fondo; no el qué, sino el por qué de la existencia y la esencia de los seres vivos. Para comprender el mar no sirven diálogos, ni textos, ni formatos establecidos por alguien que no seas tú mismo, a no ser que sea alguien como ella transmitiéndotelo… Haciendo que lo palpes, que lo sientas mientras la escuchas.

Ella no se conformó con la pregunta. No se conformó con una mera observación y quiso integrarse en ese espacio donde sobremanera el ser humano se siente minúsculo, se siente ínfimo a pesar de que tengamos la capacidad inconmensurable de variarlo, de dañarlo, de agotarlo. Ella dice también que nuestra salud depende de la salud de los océanos y yo añadiría que precisamente esa expresión o planteamiento a la postre da el resultado que actualmente conocemos: estamos enfermos los seres humanos. Esa enfermedad no es ni más ni menos que la egolatría, la soberbia de no aceptar que las reglas naturales no están escritas ni establecidas en un protocolo que un humano o el conjunto absoluto de todos ellos, nosotros, podamos vulnerar o alterar sin consecuencias. Esas consecuencias fatales en un transcurso escueto de tiempo crean irremediablemente el colapso planetario.

 Sylvia Earle, es ella, la pionera en el ámbito oceanográfico de mostrarnos el mundo bello defenestrado por la bestia. Esa bestia despiadada, ególatra y mercantilista que no ve la línea roja. Esa línea roja rebasada hace tiempo que posiblemente no permita los pasos atrás para mantener de forma adecuada la biodiversidad de ese mar y por lo tanto de nuestra Tierra. Esta mujer singular nacida en Nueva Jersey en 1935 sigue, a día de hoy, tal cual lo era antaño, siendo un referente de la investigación pero, incluso para mí, aún más importante, de la divulgación. Recorrió el mundo hablando alto y claro. Sus más de 6.000 horas de inmersión en ese húmedo hábitat han dado como resultado que muchos la intentásemos emular, obviamente con resultados incomparables, ridículos a su lado.

Cada uno de nosotros, de esos que día tras día renegamos de la insensatez, la ignorancia y el desprecio al mar, somos conscientes de los muchos esfuerzos estériles al querer alcanzar metas de protección sirviéndonos como estímulo personalidades de la talla de Sylvia Earle. Ella y Jacques Cousteau, en una simbiosis perfecta en esos años 70, ya ponían énfasis en lo que vislumbraban cual presagio decrépito del daño sistemático que nuestra evolución conlleva. Tenemos que agradecer a esa mente preclara todo el compromiso adquirido en su dilatada experiencia marina para fortalecer esos vínculos de protección enseñándonos la profundidad del mar y que a través de sus vivencias y experiencias dieron paso al conocimiento, llegando incluso a ostentar los cargos más importantes de la oceanografía mundial, no olvidando la dificultad establecida entonces para ello por ser mujer en un mundo de hombres.

 La divulgación es un factor que en la investigación, en la ciencia y en el medio ambiente pasaba desapercibido hasta hace unos años, con escasas excepciones bien conocidas por todos como Cousteau, Félix Rodríguez de la Fuente, nuestra protagonista, Sylvia Earle, o el también recientemente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales David Attenborough. Sin embargo, en los últimos años se ha convertido en una de las más importantes herramientas para la sensibilización y la puesta en valor de cualquiera de los ámbitos referidos. Sylvia Earle merece ampliamente el premio Princesa de Asturias de la Concordia, y nunca mejor denominado concordia, porque es lo que necesita el ser humano para con la naturaleza. Es lo que precisa esta sociedad del siglo XXI olvidada de valores y respetos. «Sin agua no hay vida. Sin azul no hay verde». Gracias, Sylvia Earle… Gracias.

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