La gran estafa del brexit


Ya no suena el tic tac del reloj en los cuarteles de Bruselas. Tampoco en los de Londres, donde los ladridos ensordecedores de los brexiters ahogan el sonido de las manecillas marcando la cuenta atrás. Tras un año y medio de negociaciones para tramitar el divorcio, la Unión Europea ha bajado los brazos. No hay forma de imprimir racionalidad a las demandas y propuestas británicas. La premier Theresa May no tiene margen para poner los pies en la tierra sin romper los sueños de cristal que vendió su partido a los británicos sobre los beneficios y ventajas de desconectarse de la UE para ir por libre.

Lo que en junio del 2016 eran gritos de júbilo hoy se han convertido en sudores fríos. Los británicos se preguntan legítimamente: ¿Dónde está la parte del pastel que nos prometieron? May guarda silencio, consciente del error de cálculo. Pensaron que podrían, como históricamente han hecho, engatusar una vez más a sus socios europeos para ganar privilegios. La ecuación era sencilla: mantener el bazar europeo abierto, conservar capacidad de influencia, recuperar soberanía y cerrar las puertas a la inmigración. Si ya lo habían conseguido con las cláusulas de exención, los cheques de reembolso en los presupuestos comunitarios y hasta con el reparto de las cuotas de pesca en su adhesión, ¿qué podía salir mal con una ruptura en la que todos tienen mucho que perder?

A cinco meses y medio de decir adiós, a los británicos se les ha caído la venda de los ojos. Esta vez, ellos han sido los estafados. Ni habrá tartas, ni confeti ni charangas después del brexit, solo «sal y vinagre», como decía el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk.

Las falsas promesas de pirómanos políticos como el ex primer ministro David Cameron, Nigel Farage o el ex ministro de Exteriores, Boris Johnson, han conseguido remover las tripas y las entrañas de los británicos, a los que han despojado del sentido común y el pragmatismo de su ADN, sin que nadie, al otro lado del Canal de la Mancha, se atreviera a levantar la voz.

Se lamenta Bruselas de no haber intervenido en el debate público, de no haber puesto en valor el capital de un proyecto que, con todos sus defectos e imperfecciones, ha logrado traer paz, estabilidad y prosperidad. De no haber descrito con todo detalle la dolorosa resaca que traerá el 29 de marzo del 2019. «Nunca creímos que fuera posible», se justifican ahora. Se acerca la fecha y los británicos siguen corriendo en círculos en el callejón sin salida al que les han conducido los tories.

May quiere lo imposible: Blindar su futuro político, apaciguar al ala dura de su partido y desbloquear la negociación en Bruselas. Sin renunciar a nada. Al igual que su predecesor, corre el riesgo de arrastrar por el precipicio al Reino Unido si vincula el futuro de la nación a su futuro político. El divorcio exige un gran sacrificio, insiste Bruselas. Deberá ser honesta con los ciudadanos y decidir antes de que sea demasiado tarde si asume con valentía un acuerdo con la UE o sigue bailando al son que marquen los Johnson de turno. La historia, como a Cameron, se encargará de juzgarla.

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