El presente


Son las 22.30. Ya es de noche. De noche en estos pueblos castellanos de sombras alargadas, silencios profundos y miradas ausentes. Hemos bajado de la bodega a tomar la espuela en uno de los dos bares que todavía abren sus puertas en estos «pueblos fantasma». Esta vez, el elegido ha sido el más antiguo pero con nombre futurista: El Aquelarre. El «regente» del establecimiento, un joven de 28 años, nos atiende con educación y prontitud. De pronto, una palabra de intercambio suena a tiempo. Detrás de la barra se cogen mejor los mensajes, y sentencia filosóficamente, «El único tiempo real es el presente».

Se anima el debate: «No, porque en cuanto realizas algo ya es pasado» sentencia uno. Tercia un segundo: «Siempre estás pensando en lo que vas a ejecutar o piensas decir. Y, esto, ya es futuro». Mientras sirve los vinos, el debate sigue su curso de forma distendida y respetando turnos y tiempos. Unos siguen aferrados al pasado. Quienes, apuestan por el futuro. Y, el regente del bar firme y en sus trece dicta sentencia: «Solo existe el presente. El pasado ya no lo palpas y el futuro está por ver». No es necesario alargarme más en los dimes y diretes de estos tertulianos de ocasión. Creo. Esta es mi opinión, que el joven veinteañero estuvo certero dejando clara su sentencia. Y, no siempre la edad es madre de la sabiduría o, en este caso, de la ciencia del pueblo «la sabiduría eterna». Esto, sucedió un día cualquiera de este mes que va encerrando la luz y deja paso al imperio de la noche: octubre. Y esta ha sido mi primera crónica desde el río con nombre femenino.

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