La derecha, España y la hispanidad


A una parte muy significativa de los españoles, que tenemos una concepción templada, abierta, pacífica y racional -si se puede decir así- del patriotismo y de la identidad nacional, nos están dejando sin agua en la que movernos en la pecera. La crisis derivada del despropósito independentista en Cataluña genera rápidamente nuevas variaciones, en posiciones antagonistas, a caballo entre el esperpento y la pesadilla, que lo ocupan casi todo. Los efectos no sólo lo sufren los catalanes, con sus instituciones deterioradas por la irresponsabilidad sin tasa de la mayoría de sus dirigentes, salpicados por esa carrera (el símbolo más genuino de la degradación de cualquier movimiento político) para demostrar su pureza irreductible y su determinación en la retórica (menos aguerrida ahora en la práctica) de la desobediencia a la ley, con acusaciones de traición entre ellos a la mínima de cambio. También la padecemos el conjunto de los españoles, contemplando como, de la entendible reacción de hartazgo al disparate de Puigdemont y compañía y de la exhibición espontánea de gestos de españolidad (el caso de la bandera en el balcón, el más común), se recorre vertiginosamente en ciertos ámbitos el camino hacia un nacionalismo español de viejo cuño, excluyente, centralista y, como no (buscando nuevos culpables de todos los problemas, además de los independentistas), xenófobo y racista.

Que un partido minoritario como Vox, adscrito de lleno al nacionalpopulismo (fue la formación española invitada en la reunión de la alt-right europea de 2017 en Coblenza), agite esos fantasmas y no le importe echar más leña al fuego, entra dentro del guión. Que Ciudadanos se apunte al centralismo más añejo y renuncie al espacio del centro político y de la renovación, se explica por la inmadurez del proyecto y el oportunismo de su líder; y, aunque es lamentable esa desorientación, por la pérdida del potencial estabilizador que habían pretendido mostrar en las instituciones (con una saludable disposición inicial, ahora en retroceso, al diálogo y al pacto), su importancia relativa en el tablero político no hace el resultado fatal. Pero que el PP de Pablo Casado se sume a esta carrera hacia el abismo, es preocupante porque significa una renuncia a la principal contribución de dicho partido a la cultura política española, que no es otra que conseguir que la parte más dura y reaccionaria de los votantes derecha de este país, que no es poca en número, tuviese como referencia (con fidelidad en las urnas casi religiosa, hasta hace bien poco) a una opción que procuraba al menos demostrar cierta contención y vocación europeísta. Casado, además de desvergüenza (la que ya exhibió con creces con el asunto de su master), comete un error táctico propiciando el corrimiento de carga a la derecha y aceptando la competición con Vox. Ya sabemos, por la amarga experiencia del centro-derecha europeo, que, con el populismo, primero se cede la agenda (aceptando abordar prioritariamente los espantajos de los reaccionarios), luego se malogra la hegemonía en el espacio conservador y al final se pierde hasta la condición de alternativa política (véase los casos dramáticos de Francia e Italia).

Lo curioso es que esta fiebre nacionalista que inunda aceleradamente a la derecha se hace en nombre de España y, de paso (visto el discurso de Casado con motivo del 12 de octubre) de la Hispanidad, entendida, todavía a estas alturas, como «misión civilizadora», probando que los líderes en ejercicio de esta derecha no han comprendido nada de las últimas décadas. De prevalecer la idea de España que manejan, dado el concepto obtuso y uniformador que la anima, ajeno a buena parte de nuestra historia común, estaría en riesgo el respeto a la diversidad territorial y cultural de nuestro país, que es una de sus mayores riquezas. El Estado autonómico, que, pese a sus complejidades e imperfecciones por corregir (empezando por la falta de instituciones y práctica federales), es un modelo de éxito (sobre todo para regiones largo tiempo marginadas), directamente desaparecería, si dejásemos que los impulsos primarios de esta derecha se tradujesen en políticas concretas. Las libertades básicas y la viabilidad de nuestro país se pondría en juego de manera igualmente grave, sencillamente porque la derecha radical, cuando quiere evocar sus esencias e historia para reverdecer laureles, aún bebe de la fuente cutre y ponzoñosa del relato franquista, y la mayoría de españoles no nos reconocemos en absoluto en ese país que evocan. La reverberación del discurso de «las gestas de España», al evocar la conquista de América en la celebración del Día de la Hispanidad, es otra muestra de esa concepción chata y mezquina de la historia. Porque una cosa es no comprar a pies juntillas la Leyenda Negra (un error durante largo tiempo de la izquierda) y otra muy distinta tirar a la basura de golpe el esfuerzo de construcción de una comunidad iberoamericana con relaciones en pie de igualdad (reforzando los lazos culturales, políticos y económicos que nos unen) sustituyéndolo por un discurso nostálgico de la colonización que hará las delicias de ciertos populistas latinoamericanos (como les vino de perlas el torpe y visceral «por qué no te callas» del Rey, aunque nos hiciera gracia en la suma de impertinencias de aquella desastrosa cumbre de 2007).

Señores líderes de la derecha, para defender España primero tienen que conocerla y respetarla, en su hermosa y democrática pluralidad, que ustedes repelen. Si lo que quieren es volver a la “unidad de destino en lo universal” y jugar a los imperios, mejor cómprense el Risk.

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