La inmoralidad, Sánchez Dragó, dónde está; que yo la vea

OPINIÓN

25 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace ya un siglo decía Oskar Heinroth, padre de la etología moderna, que «después de las alas del faisán argus macho, el producto más idiota de la selección intraespecífica es el ritmo de trabajo del hombre civilizado occidental». Qué pensaría hoy, cuando competimos desesperadamente por trabajos miserables que ni siquiera garantizan una subsistencia digna.

La cita corresponde a una anécdota que utilizó un alumno suyo, el Premio Nobel Konrad Lorenz, para explicar que ciertas conductas, como la competencia y la agresión, aunque útiles en contextos específicos, han podido evolucionar hasta llevarnos a un callejón sin salida: «La vida apresurada que nos ha hecho nuestra civilización industrializada y comercializada es efectivamente un buen ejemplo de evolución impropia, debida exclusivamente a la competencia entre congéneres».

Lo que pudo ser útil en un contexto evolutivo ancestral, para hacer frente a las hostilidades extraespecíficas, es decir, del entorno, como los depredadores, sirve hoy a los intereses de la depredación intraespecífica, es decir, a la explotación y el abuso de unos humanes por otros.