La inmoralidad, Sánchez Dragó, dónde está; que yo la vea


Hace ya un siglo decía Oskar Heinroth, padre de la etología moderna, que «después de las alas del faisán argus macho, el producto más idiota de la selección intraespecífica es el ritmo de trabajo del hombre civilizado occidental». Qué pensaría hoy, cuando competimos desesperadamente por trabajos miserables que ni siquiera garantizan una subsistencia digna.

La cita corresponde a una anécdota que utilizó un alumno suyo, el Premio Nobel Konrad Lorenz, para explicar que ciertas conductas, como la competencia y la agresión, aunque útiles en contextos específicos, han podido evolucionar hasta llevarnos a un callejón sin salida: «La vida apresurada que nos ha hecho nuestra civilización industrializada y comercializada es efectivamente un buen ejemplo de evolución impropia, debida exclusivamente a la competencia entre congéneres».

Lo que pudo ser útil en un contexto evolutivo ancestral, para hacer frente a las hostilidades extraespecíficas, es decir, del entorno, como los depredadores, sirve hoy a los intereses de la depredación intraespecífica, es decir, a la explotación y el abuso de unos humanes por otros.

Un inciso: lo de «humanes» lo tomo de Jesús Mosterín que, en «La naturaleza humana», hacía referencia a cómo la mayoría de los idiomas no hacen distinción de género al referirse a nuestra especie. Y ya que cito a mis paisanos Heinroth y Lorenz, aprovecho que en alemán decimos «mensch» al referirnos al ser humano, sea hombre o mujer, para hacer apología del lenguaje inclusivo a la vez que descubro los estragos que el virus de la ideología de género está causando en mi mente.

De la competencia entre congéneres, decía, útil en determinados contextos, a su utilización para justificar la acumulación de poder o recursos materiales, en el falaz marco discursivo de la libertad individual, hay un salto moralmente inabarcable, si del extenso concepto de «moral» nos quedamos con la acepción de «bien común».

Todo esto viene a cuento de las declaraciones del nuevo fichaje de la ultraderecha, Sánchez Dragó, que dice que lo público le parece una inmoralidad porque todo ser humano debe ser responsable de lo que le sucede, que no tiene que haber una responsabilidad colectiva y que los seres humanos son, por definición, seres privados.

Viniendo de un personaje que, a la vez que reniega de lo público, se embolsa una fortuna a cargo de los impuestos que pagamos la mayoría (cada programa de «Dragolandia» costó a Telemadrid más de cien mil euros, con la cadena expulsado audiencia), nos permite ubicar su inverosímil acepción de «moralidad». Sus definiciones sobre la naturaleza humana, aunque ponen en entredicho la erudición de la que siempre pretende hacer gala, nos sirven para ilustrar el darwinismo social con el que la derecha nutre su argumentario: la supervivencia del más apto o, en la práctica, del que menos escrúpulos tiene en una competencia/explotación entre humanes, que nos condena al sufrimiento y, probablemente, al colapso civilizatorio.

Somos una especie gregaria que a lo largo de la evolución ha tenido en la cooperación y la solidaridad su mejor estrategia de supervivencia. No es una moda actual, como dice Dragó. El concepto «privado», por otra parte, es muy reciente en la historia de la humanidad.  Y aplicado a la propiedad no es sino una legitimación normativa, al servicio de los acaparadores, de algo que siempre ha estado mal visto porque era una amenaza para la convivencia: la codicia.

De hecho, a lo largo de cientos de miles de años de evolución humana, lo recursos básicos han sido comunitarios. En pequeñas sociedades pre-estatales el acceso a los recursos era libre y equitativo, y la supervivencia de las comunidades era, efectivamente, una responsabilidad colectiva en la que los intercambios recíprocos contribuían a la vinculación del grupo. Como dice el antropólogo Marvin Harris: «La reciprocidad es la banca de las sociedades pequeñas».

Pero desde que hemos dejado de cazar y recolectar, desde que surgieron excedentes que acumular en función de la codicia de cada cual, y habitamos en comunidades masificadas, uno de los mecanismos que contribuyen de manera decisiva al bien común, proporcionando educación, sanidad o pensiones, independientemente de la condición económica o del nivel de explotación, es el de los servicios públicos, como sucedáneo de aquellos recursos básicos comunes de acceso libre y equitativo.

La inmoralidad consiste en que quienes son responsables de gestionarlos, los utilicen para lucrarse, para financiar a sus partidos políticos, para crear redes clientelares, para subvencionar, por ejemplo, a colegios religiosos que, tras la oración de la mañana, evangelizan a su alumnado con letanías del tipo «Los ricos, que se responsabilizan de los resultados de su vida, son personas de éxito; los pobres, que esperan el fracaso, son personas mediocres. Por tanto, si queréis triunfar tenéis que tener costumbres de ricos». La inmoralidad, Sr. Sánchez Dragó, está en contratar generosamente a amiguetes correligionarios que se afanan en alabar el orden establecido, hacernos creer que somos los únicos responsables de lo que nos pasa, e insistir en que si no prosperamos es por que no hacemos lo que hay que hacer: competir a cara de perro y dejar a los demás atrás.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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