En un momento que los datos definen como bueno, y que en términos comparativos con el resto del mundo resulta esplendoroso y envidiable, los españoles -que a la vista de otros países somos agradables, lucimos una identidad muy marcada y disfrutamos de una historia y una cultura con excelso pedigrí- tenemos la sensación no solo de que las cosas marchan mal, sino de que nuestro país se agrieta, nuestras instituciones se desprestigian, nuestros políticos son mediocres, y nuestro comportamiento nos asimila a los buscones que definieron el españolísimo género de la picaresca.
Aunque el pleno del Congreso de ayer parece darle la razón a los pesimistas, la verdad es que en este momento somos mucho mejores de lo que parecemos. Pero, si tenemos en cuenta que en política «lo que parece, es», todo apunta a que estamos cerca de que una crisis social y política sin precedentes nos acabe transformando en el impresentable y desgraciado país que ya creemos ser. Por eso deberíamos esforzarnos en diagnosticar bien nuestra enfermedad, para poner los remedios que todavía pueden evitar que caigamos en el pozo. En la parte psicológica del problema es inevitable acudir a dos ideas que no por manidas dejan de ser exactas, y que podemos concretar en nuestro tradicional auto odio -que implica enormes complejos colectivos y una disposición innata a salir perdiendo en cualquier comparación que hagamos con los vecinos-, y una indignación obsesiva y acrítica con nuestro pasado más reciente -el de la crisis-, que nos ha llevado a la irreflexiva y peligrosa convicción de que hay que demoler el edificio político e institucional en el que vivimos, antes de meditar sobre los nuevos y desgraciados contextos en los que podemos aterrizar.
Pero si vamos a la parte política y sociológica del asunto, mucho me temo que, embebidos de una falsa modernidad, y acuciados por una crisis cultural y ética difícil de explicar, apenas nos damos cuenta de que estamos maltratando tres de los cuatro pilares que explicaron la cohesión de Europa y de España, y que son, por este orden, la síntesis cultural -Grecia, Roma y Cristianismo- que definió la cosmovisión de Occidente; el Estado y su evolución hasta la cultura del bienestar, que, aunque muy tarde, generó el espacio de paz y libertad que percibimos en nuestros días; la socialización -educación, valores, consensos y hábitos- que funciona como un complemento orientador de nuestro comportamiento social y político; y el sincretismo étnico y cultural aportado por todos los pueblos que han pasado por aquí -y han acougado- en busca del paraíso terrenal. Lo malo es que en este ciclo de rompedores, indignados, incultos, soberbios y anticristianos -disfrazados de laicos-, hemos deteriorado tres de los pilares mencionados, para pedirle al Estado que se ocupe de nuestro ser, nuestro espacio y nuestra felicidad. Y todo indica que esa tarea es demasiado importante y extensa para que el Estado, por sí solo, pueda resolverla.
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