Hay quien se empeña en creer que Oviedo sigue siendo aquella Vetusta de Clarín que dormía la siesta y que el sueño de siglos que corría por las calles de Nosotros, los Rivero aún lo hace por las nuestras. Pero la ciudad, mi ciudad, hace tiempo que despertó y, además, trasnocha.

En contra de quienes piensan que la cultura no es estímulo social ni económico suficiente, los ovetenses invadimos el 6 de octubre teatros, iglesias, museos, galerías y fábricas abandonadas para llenarlos de emoción y talento. No se requiere más que de un buen motivo y nos tendrán a todos dispuestos a demostrar que la noche (y la mañana y la tarde) es blanca y además, nuestra.

Los escépticos dirán que una golondrina no hace verano y una noche blanca no hace cultura. Pero a ellos les recordaría que la agenda de actividades también existe el resto del año.

La Red de Bibliotecas Públicas Municipales de Oviedo, que coordina Chelo Veiga con entusiasmo infatigable, sacó las bibliotecas a la calle este verano y las llenó de música, magia, encuentros con escritores y rutas literarias. Esta misma semana celebra su treinta aniversario con la exposición fotográfica de Mónica Vega La mirada de las palabras, en la que retrata con certera exactitud a los autores locales, a nosotros, sí, los de Ventanielles, San Lázaro, el Rosal o el Postigo… Si no lo han hecho ya, no esperen más para verla.

El Teatro Campoamor abre periódicamente sus puertas para organizar tertulias o mostrar sus más íntimos secretos en unas visitas teatralizadas en las que lo mismo te encuentras con Leopoldo Alas Clarín que con Titania y Oberón.

Pocos momentos emocionantes habré vivido como aquel recorrido a pie de Isaac Rabin y Yasser Arafat, ambos Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1994, por las calles de Oviedo. Con sus defensores y detractores, como todo cuanto ocurre en esta ciudad, los ahora Premios Princesa de Asturias nos han traído a Umberto Eco, Arthur Miller, Daniel Baremboin, Mary Beard, Indro Montanelli, Carmen Martín Gaite, Nuria Espert y a siete incansables luchadoras: Fatiha Budiaf, Olayinka Koso-Thomas, Graça Machel, Rigoberta Menchú, Fatana Ishaq Gailan, Somaly Mam y Emma Bonino, por citar sólo a los que me son más queridos. ¿Quién puede olvidar que hace sólo unos días Martin Scorsese convirtió La Vega en una fábrica de sueños?

Y ArteOviedo y los cuentacuentos y el cine en la calle y los conciertos del auditorio y hasta esas esculturas, que algunas te sobresaltan pero las más te alegran el día.

El lugar en que se nace no depende más que del azar; luego, con suerte, uno se enamora. Y yo estoy enamorada de Oviedo, de sus calles empinadas que te hacen sentir que escalas un ochomil en cada paseo y de sus edificios, modernos o centenarios, no importa, que albergan un alma de largo recorrido cargada de contradicciones.

Que a los ovetenses nos gusta quejarnos por todo y considerar que cualquier evento podría haber sido mejor, más caro (o más barato) o más ostentoso no es ningún secreto. Pero aunque a muchos les cueste reconocerlo, mi ciudad hace tiempo que despertó. Habrá quienes prefieran seguir durmiendo, pero fuera, mientras tanto, Oviedo seguirá despierto sin ellos.

Victoria R. Gil es autora del libro «Una ciudad bajo la lluvia» (Septem).

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Oviedo trasnocha