Cela, Benet, tijera

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

28 oct 2018 . Actualizado a las 10:02 h.

Mientras se acaba el sueño del paraíso terrenal del eterno verano y viene con la dura realidad la lluvia, y Carolina Bescansa choca también con el invierno terco que a veces se retrasa pero siempre llega, leo las novelas precisas de Benet, implacables, despóticamente perfectas. Juan Benet, sobre el que estos días publicamos un ensayo de un joven y exigente lector malagueño, Rafael García Maldonado, que se mira en el espejo del de Madrid, era un admirador de Faulkner, y tal vez en secreto de Camilo José Cela. Se sabe, yo lo sé, que cuando ambos andaban por la costa de la muerte, el uno construyendo una presa y el otro escribiendo Madera de boj, comieron juntos en Corcubión, y fueron afables pero guardaron las distancias. A Cela, puestos a ser faulknerianos, no le ganaba nadie, ni Onetti ni Benet. Y ahí esta Cristo versus Arizona para probarlo.

Un libro de una sola frase que deja a Marías en aprendiz de brujo. Digno del cabo Sazatornil de Amanece que no es poco. Un libro que bien se podría llevar Rodrigo Rato para pasar el shakesperiano invierno de nuestros corazones en el penal de York o en la cárcel de Reading. Benet, el ingeniero anglófilo, era en el fondo un exhibicionista que, traicionando su grand style de minorías, un oficio de solitarios que escriben para la posteridad -o, como diría Sábato, esa especie de posteridad que es el extranjero-, necesitaba de público para su vocación teatral. Y se murió hace ahora veinticinco años, dejando tras de sí un estropicio. Como Cela, como Cela.