Acto de locura


Un año después de la declaración unilateral de independencia por parte del Parlamento catalán el balance no puede ser más catastrófico. Ese «acto de locura», como lo califica certeramente el historiador John H. Elliott en su último libro, Catalanes y escoceses, ha dejado como principal legado una sociedad fracturada en dos partes irreconciliables en la que ha asomado de forma muy preocupante la violencia. Y, como era lógico para todos menos los iluminados que llevaron a Cataluña a una suicida fuga hacia adelante que solo podía acabar en un salto sin red al precipicio, la fantasmagórica República catalana no ha sido reconocida por un solo país; y los principales líderes independentistas están encarcelados, a la espera de juicio por, entre otros, el gravísimo delito de rebelión, o huidos en el extranjero. Les advirtieron de que estaban saltándose la ley y no pararon. Fueron ellos los que provocaron la aplicación del artículo 155. Pero, pese a la magnitud del desastre que han ocasionado, Carles Puigdemont y Quim Torra, dos incendiarios mesiánicos y supremacistas, siguen echando más leña al fuego. Lamentablemente, la rauxa, el abandono de toda mesura y razón cuando la pasión se apodera de las masas, se sigue imponiendo al seny, el sentido práctico que procede de una apreciación realista de las posibilidades, como la define Elliott siguiendo la caracterización de Vicens Vives. ¿Queda alguien en Cataluña que pueda reconducir la situación por la vía del sentido común y la «conllevancia» que defendió Ortega como única forma de tratar con el problema catalán, que consideraba irresoluble? Dar marcha atrás y reconocer el fracaso sería propio de estadistas y valientes, pero los hechos no dan lugar al optimismo.

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