Brasil muestra la fragilidad de la democracia


Las elecciones presidenciales de Brasil invitan a una reflexión que vaya más allá de los comentarios sobre el triunfo de los machos alfa o de las disquisiciones sobre los populismos. Jair Bolsonaro no era un candidato convencional. Ni Trump ni Orbán ni Putin o Le Pen, ningún otro líder del nuevo caudillismo ultraconservador, salvo quizá Dutarte, se atrevería a afirmar lo que él ha dicho en público. Todos ellos son autoritarios, nacionalistas, machistas y homófobos, todos se apoyan en un renacido integrismo religioso; Dutarte ha justificado, y aplicado, los asesinatos extrajudiciales de los presuntos delincuentes; Trump defendió la tortura, pero Bolsonaro, que comparte esos rasgos, ha ido más lejos. Brasil va a tener un presidente que frivoliza con la violación de las mujeres, que sostiene que no deben tener el mismo salario que los hombres, que homenajea a los torturadores de la dictadura y se lamenta de que no hayan matado más, que llegó a decir que «un policía que no mata no es un policía», que es racista en un país mestizo y con un elevado porcentaje de población de color, que insulta reiteradamente a los homosexuales y afirmó en una entrevista que preferiría que su hijo muriese en accidente si fuese gay, que amenaza a los periódicos que lo critican y que lleva como vicepresidente a un general reaccionario, por cierto, más negro que blanco, aunque él no se vea así, que fue retirado del ejército por amenazar con un golpe de estado.

Votar a Bolsonaro no era solo votar contra el PT, era hacerlo contra la democracia, los derechos humanos y la libertad individual. Antes incluso de su triunfo se pudo ver hacia dónde camina Brasil: la policía entró en decenas de universidades para quitar pancartas contra el fascismo y en defensa de la democracia, interrumpir conferencias y debates sobre el mismo tema e incluso amenazar con la cárcel a un profesor que hablaba sobre las fake news en clase. El pretexto era que la ley electoral prohíbe que las instituciones y el dinero público se utilicen en la campaña electoral, pero incluso la fiscal general, y el tribunal supremo tuvieron que dictaminar que se estaba violando la autonomía universitaria y la libertad de expresión. Realmente, si criticar el fascismo suponía atacar a Bolsonaro, las celosas autoridades de los estados estaban reconociendo que el candidato era fascista. Pronto se sabrá si el nuevo presidente, como prometió, pone a un general al frente del ministerio de educación.

Brasil no es Estados Unidos, Trump puede ser un personaje detestable, pero las instituciones norteamericanas son lo suficientemente sólidas y la justicia independiente

como para que sea imposible que su gobierno traspase determinadas líneas y, menos aún, que pueda convertirse en una dictadura. Hará mucho daño, pero con límite de tiempo y condicionado por las leyes. El ejército brasileño lanzó amenazas durante el proceso de Lula que ninguna democracia consolidada hubiese tolerado, Bolsonaro y su vicepresidente ya avisaron de que podrían modificar la constitución sin respetar el procedimiento. El riesgo de que establezcan una nueva dictadura, más o menos maquillada, es real. En la anterior había parlamento y elecciones, aunque siempre ganase ARENA, el partido de los militares, y solo se admitiese una fuerza de oposición en el papel de comparsa. En 1964, un congreso reaccionario, espoleado por la prensa conservadora, apoyó al ejército frente al presidente legítimo, Joâo Goulart. Son demasiadas las cosas que recuerdan a lo que entonces sucedió. Es cierto que la guerra fría terminó, pero no para los bolsonaristas, obsesionados con el comunismo. La gran diferencia, es que ahora Bolsonaro venció con el 55% de los votos en vez de con los tanques, aunque quizá acabe recurriendo a ellos.

¿Cómo un candidato así pudo ganar unas elecciones? ¿Por qué los electores, justificadamente descontentos con la corrupción del PT y aterrados por la crisis económica y la inseguridad, no eligieron a otros que no supusieran una amenaza para la democracia? De nuevo, como en los años treinta los fascismos, Bolsonaro, que lleva décadas dedicado a la política, logró vender la imagen del antipolítico, del hombre del pueblo que acabará con la corrupción y la delincuencia y traerá el progreso, de la exaltación nacionalista como alternativa a las ideas políticas. De nuevo, millones de ciudadanos aceptaron como bueno ese discurso y se taparon la nariz o, y esto es lo más peligroso, sacaron a relucir el machismo, el racismo y la violencia que antes mal ocultaban. De nuevo, también, el fariseísmo de Fernando Henrique Cardoso y su PSDB y de Ciro Gomes y su laborismo facilitaron el ascenso del caudillo. Mussolini consolidó su poder con el apoyo de liberales e incluso de sedicentes socialdemócratas, cuando llegó el arrepentimiento, si es que llegó, fue demasiado tarde. Algo parecido sucedió en Brasil en 1964.

Europa no es Latinoamérica, aunque hayan surgido la volatilidad de los partidos y la dilución de las ideas. Las instituciones son más sólidas, la tradición democrática más fuerte, la sociedad más laica, las desigualdades menores, la población más acomodada y más formada y la memoria de la Segunda Guerra Mundial y de las dictaduras en España, Portugal y Grecia todavía está presente. Todo eso es cierto, pero son ya demasiados los países en que los movimientos xenófobos y autoritarios están creciendo. Hace unos días publicó Fernando Vallespín una interesante reflexión en El País en la que planteaba cómo la globalización había desnaturalizado la democracia: los ciudadanos perciben que su voto ya no decide la política del país. Es indudable que eso favorece el giro nacionalista, al fin y al cabo, el liberalismo y la democracia nacieron unidos a las naciones y se desarrollaron en las naciones/estado. Solo el fortalecimiento y la democratización de la Unión Europea podrían, a medio plazo, contrarrestarlo.

Es alarmante que una crisis económica pueda poner en peligro a las democracias, a los valores que han permitido a los europeos vivir la mejor etapa de su historia. No creo que estemos en el mejor de los mundos posibles, pero cualquier dictadura será peor. La democracia necesita diversidad de alternativas políticas, pluralidad de ideas y, por lo tanto, de formas de concebir el mundo, pero debería existir un mínimo común entre las principales fuerzas que compiten en ella. No estaría de más hacer pedagogía. Se podría comenzar por la recuperación de la materia de Educación para la Ciudadanía, supongo que podría existir un acuerdo mayoritario en la necesidad de formar a los jóvenes en principios como que el gobierno debe depender de la voluntad del pueblo expresada libremente, la libertad de opinión, el respeto a libertad individual y, por tanto, a la diversidad, el derecho a la igualdad por encima del sexo, la raza, la nacionalidad o la religión (o la ausencia de ella). Tampoco sobraría aislar políticamente a quienes no respeten esos principios básicos.

Queda la esperanza de que la sociedad y las instituciones brasileñas logren controlar al nuevo presidente, pero los demócratas no lo van a tener fácil, tampoco podrán esperar mucho de la solidaridad internacional en esta época de izquierdas desorientadas y debilitadas. La de los estados, como prácticamente siempre, solo se mueve por intereses económicos o imperiales.

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