Trump y la caravana

Efe

es prácticamente imposible que me olvide de mis recuerdos de la infancia que, por fortuna, son muchos y muy variados. Pertenezco a esa generación que vivió el «despertar» televisivo en blanco y negro y la «transición» al color. Esa generación que sabíamos que cada tarde de sábado, indefectiblemente, tocaba una de vaqueros o una de la Segunda Guerra Mundial. Así que, a esa hora en la que los mayores descansaban, yo aguardaba la hora de la merienda viendo a los vaqueros buenos, al sheriff o al teniente disparar a mansalva a los ladrones de diligencias. Pero, también sufrí el proceso colonizador del lejano Oeste en las interminables jornadas de las caravanas de carromatos donde se forjaban amores y se establecían traiciones. Unas caravanas de hombres, mujeres y niños que arriesgaban sus vidas en trayectos de miles de kilómetros.

Personas que, provenientes de la castigada Europa, donde los pobres eran una multitud sin rostro, arrostraban todo tipo de peligros, enfermedades y penurias con la esperanza de una vida digna. Personas con culturas, idiomas y fes distintas pero con un objetivo común. Personas cuyos descendientes hoy conforman uno de los países más diversos del mundo, EE.UU. Personas que contemplarían con pasmo el numerito de su actual presidente Trump, enviando al ejército para frenar, si fuera preciso, «a tiros» a la caravana migrante que avanza con la misma incertidumbre que sus antepasados hacia la tierra de la esperanza porque sus gobiernos son incapaces de ofrecerles una vida digna. ¡Qué frágil es la memoria!

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