El laxante


Estos días anda dando vueltas por las redes sociales un vídeo en el que una ingeniera nacionalista catalana habla de sí misma como «cerebrito», lo que a mi estrecha mente mesetaria genéticamente inferior se le antoja como poseedora de un cerebro muy pequeño. Se queja de que España lleva diez años jodiendo a Cataluña, sea lo que sea eso, como si al que es de Avilés o al que es de Murcia le estuvieran lloviendo millones, y habla de fuga de cerebros como si ese presunto fenómeno solo se diera en su pueblo. El vídeo es del año pasado, y se tomó en un acto pretendidamente informativo de la ANC. La solución que esperaba Cerebrito (y que es de suponer todavía sigue esperando) para su situación, era proclamar la independencia, la República Catalana. Esto, no hace falta ni decirlo, es puro pensamiento mágico.

Hay que desconfiar de quienes creen que una nación propia es la solución a otro problema que no sea el de querer independizarse. También hay que desconfiar de quienes se rasgan las vestiduras porque un humorista se suene los mocos con la bandera de España en un plató de televisión. Hay que desconfiar siempre de cualquiera que porte la patria y la nación como ideologías que todo lo curan cual bálsamo de Fierabrás.

En el Quijote, este bálsamo acaba con el ingenioso hidalgo vomitando entre sudores pero curado después de dormir. En cambio, el mejunje provoca en Sancho Panza un efecto laxante terrible:  «…hizo su operación el brebaje y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales» lo que Don Quijote achaca a que el escudero no es caballero andante: «Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero; porque tengo para mí que este licor no deje de aprovechar a los que no lo son». Y esto es un poco la patria, en el fondo: una cura para los Señores y un laxante para los humildes. Mientras esta semana unos rabiaban por los mocos de Dani Mateo sobre la bandera, los patriotas de uno y otro lado van a cargarse la mayor subida del SMI de la historia votando en contra de los presupuestos del gobierno, pues las patrias y los patriotas tienen sus prioridades, y ninguna de ellas pasa por aliviar ni medio minuto la situación de la clase obrera.

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