Canciones en la hoguera


Ahora resulta que el problema va a ser una canción de Amaral. «Sin ti no soy nada», como material educativo para hurgar en las malsanas relaciones entre hombres y mujeres, en la alienación del amor romántico. A partir de ahora, solo queda cantar Un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es, abrir por la mañana la ventana y respirar. Habrá que remitirse solo al estribillo, porque no se descarta que otras estrofas puedan incomodar al personal. Mientras nos entretenemos con batallitas, en las redes sociales y en los grupos de WhatsApp se exponen reflexiones e insultos que no hace tanto nadie se atrevería a decir en voz alta ni al abrigo del corro de amigos. Alcanzan el poder líderes que desprecian cualquier idea de igualdad. Se genera un sentimiento tribal, de pertenencia. Al grito de «por fin alguien tenía que decirlo», se unen en hilos y madejas un buen número de miserables. Se equipara el feminismo con el machismo o el racismo. Y cualquiera corre el riesgo de ser etiquetada como feminazi. Se ve que están los campos del siglo XXI sembrados de fachas y de feminazis. Pero el gran problema es Amaral. Pues nada. Habrá que borrar a Otelo, cargarse Duelo al sol, crucificar a Siniestro total, quemar Cumbres borrascosas y censurar la bofetada de Gilda. La pobre Gilda, por unas cosas o por otras, siempre acaba poniendo nerviosa a las gentes de bien. De todas formas, hay que tener cuidado con la tijera y las reinterpretaciones. Durante el franquismo, para barnizar el triángulo amoroso de Mogambo, convirtieron a un matrimonio en una pareja de hermanos. Difuminaron el adulterio con un incesto.

Pero ahí seguimos. Matando canciones a cañonazos. Estrechando el cerco sobre Amaral. Más ladrar que cabalgar.

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