La «nueva» droga


Hay una queja bastante extendida en España de que tenemos muchas normas, leyes, reglamentos y demás instrucciones que o no se cumplen o no cubren legalmente todas las situaciones posibles. A veces las propias acciones humanas van por delante de la legislación vigente y se llega tarde a controlar un problema. Por ejemplo, la proliferación de las casas de apuestas en locales comerciales, sobre todo en barrios obreros, está empezando a ser una preocupante realidad en nuestro país. En mis recientes vacaciones por diferentes ciudades españolas pude comprobar cómo se han instalado en sitios estratégicamente pensados para enganchar a gente vulnerable. No obstante, su mayor negocio está en Internet y su principal gancho es el deporte. El pasado sábado, mientras veía por televisión el Deportivo ? Real Oviedo, me llamó la atención que estas empresas copaban prácticamente todos los espacios publicitarios que había en su emisión antes y durante el partido. Mañana se jugará el derbi, y el Sporting saltará al Tartiere con el patrocinio en su camiseta de una casa de apuestas. Por el polideportivo de Pumarín los espectadores que acudieron al partido frente al Bilbao Basket pudieron ver que por cuestiones de patrocinio el equipo adoptó el nombre de una empresa que se dedica a este tipo de negocio. En resumidas cuentas, el grado de penetración de estas empresas en eventos deportivos ha sido notable.

La adicción al juego no es algo nuevo, pero sí este tipo de negocio. Hasta hace poco identificábamos los bingos y los casinos como lugares donde apostar. Yo solamente estuve en uno (concretamente, en el Casino de Torrelodones, en Madrid). Fui con unos amigos de la facultad. Gasté 50 euros. De antemano sabía que los iba a perder, pero el secreto es ponerse límites y no excederse más allá. Lamentablemente en aquel lugar vi a algunos jugadores «enfermos», gastando sin parar mucho dinero y, si no estoy confundido, sin obtener ninguna ganancia económica. Las casas de apuestas han simplificado la manera de jugar hasta tal punto que son tan accesibles que quien no se ponga freno puede llevarse más de un disgusto. No hay normas de vestimenta ni hay una barra donde pedir una copa en sus locales. Estas casas de apuestas han sorteado a la normativa, porque las loterías regladas y autorizadas por el Estado estaban muy concentradas en lo que conocemos como la Quiniela, la Primitiva o el cupón de la ONCE. Ahora cualquier cosa puede estar sometida al juego: desde quien saca el primer córner hasta cuántos jugadores de un equipo permanecerán en el campo los noventa minutos (se llega a decir que hay amaños de partidos con el fin de beneficiar a un grupo de apostantes).

He leído unas declaraciones de Carlos Sobera, en las que dice que la publicidad que hace (totalmente agresiva, bajo mi punto de vista) no es la responsable de la ludopatía. Cada vez que abro un vídeo en Youtube, José Coronado también invita a un perfil como el mío a apostar con un anuncio muy sugerente. Si los medios de comunicación y los actores famosos no son conscientes de las consecuencias que puede conllevar lo que anuncian, mal vamos. Estas empresas pagarán muy bien, pero tanto Sobera como Coronado tienen maneras mucho más dignas de ganarse la vida. No todo vale.

Al igual que hay gente que reconoce tener un cáncer y busca el apoyo de su alrededor para luchar contra la enfermedad, la ludopatía tiene para quien la sufre un efecto que le provoca vergüenza y deshonra personal. La víctima se siente tan culpable que es incapaz de reconocer que tiene necesidad de jugar y, muchas veces, no pide ayuda a tiempo. Esta «nueva» droga, la del juego online, también requiere de políticas de prevención y que los entornos familiares estén en alerta para evitar la adición.

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