Cuando me presentaron a Ángeles y le dije la ilusión que me hacía poder saludarla, me respondió con una sonrisa y una frase que la resume: «Yo no hice nada». Rechaza el protagonismo en todas sus intervenciones y acepta sólo un papel de reparto («No merezco tanto, como yo había miles») en el drama de la guerra civil, la cárcel y el exilio. Se reconoce superviviente de una generación luchadora, vencida pero no derrotada, y declara como única ambición poner voz a sus amigos («Estoy hablando por los que ya murieron»).

Hace unos años, unas alumnas de la Escuela Superior de Arte Dramático de Asturias preparaban una obra de teatro de mujeres en la cárcel y le pidieron a Maricuela que les contase el día a día en la prisión de Saturrarán, donde cumplió condena. No llevaba ni cinco minutos hablando de sus compañeras («Soy una privilegiada; yo las veía salir hacia la muerte») y ya estaban llorando, ella («Me caen las lágrimas porque cuando lo cuento lo estoy viviendo») y la mitad de las futuras actrices. Cuando habló de su novio, Quintín, fusilado tras la caída de Asturias, del que sólo le quedaron un anillo, una pulsera y una carta («Ángeles, aún eres muy joven y puedes rehacer tu vida. Te deseo que seas muy feliz»), ahí ya nos derrumbamos hasta los que malamente habíamos aguantado el primer envite.

Ángeles pertenece a un fenotipo de la cuenca minera asturiana: la mujer pequeña y delgada, delicada pero sólida, que captó como nadie Valentín Vega en la foto de 1948 de unas lecheras en Laviana. Una mujer que se ha negado a ser un objeto decorativo en lo personal («No esperes que sea un mueble en casa», le aclaró a su marido el día de su boda) y en lo político («Desearía que, a mis 98 años, me dierais el regalo de decir no, no y no», dijo en una asamblea, en la Casa del Pueblo de Gijón, tras las intervenciones de destacados dirigentes socialistas a favor de facilitar la investidura de Rajoy).

Combatió aquella abstención de su partido en la investidura de Rajoy («Me afectó hasta a la salud. Fue un bochorno. Creo que fue una manipulación que llegó de Andalucía») y fue un referente en Asturias en la campaña de primarias del retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general de su partido. Tal vez por eso, el primer acto de Adriana Lastra tras ser nombrada portavoz del grupo parlamentario socialista en el Congreso, fue acompañar a Maricuela en la presentación de sus memorias en la Feria del Libro de Madrid y reconocerle que «fue un gran apoyo en los momentos duros». En ese acto, llena de alegría («Esto es como un sueño, creí que me iba a morir con un gobierno de derechas»), le dejó al nuevo presidente socialista dos encargos («Que sea humilde y que no ofrezca lo que no pueda dar») y un recordatorio («Lucho por que peleéis por el que tiene hambre»). Con la buena salud que produce ese tipo de sabiduría, este sábado cumple cien años.

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