A Iglesias no le sale a cuenta


La oposición y muchos analistas llevan tiempo diciendo que Pablo Iglesias es el vicepresidente de facto del Gobierno y el que manda ante un Sánchez que sería una marioneta en sus manos. Esa idea cobró más fuerza cuando fue a la cárcel de Lledoners a negociar los Presupuestos con Junqueras. Es decir, un presidente débil y un supuesto número dos que llevaría la iniciativa; el tonto útil y el manipulador inteligente. Si fuera así, a Iglesias no le está saliendo a cuenta, porque las encuestas muestran que el PSOE lleva una clara ventaja a su formación. Además, se le está descuajaringando el invento, con Carmena planteándole un abierto desafío, Teresa Rodríguez yendo por libre, las confluencias desmarcándose, líos en varias comunidades y Errejón con cara de póker. Una vez más su enorme ego le ha jugado una mala pasada. Se vio ganador del pacto sobre las cuentas públicas y trató de apuntarse no solo sus logros sociales, como si se los hubiera arrancado con fórceps a Sánchez, sino también el tanto de su aprobación. Ahora, cuando ha asumido que los independentistas no están por la labor y teme que se le adjudique el fracaso, se revuelve exigiendo elecciones. Sánchez, mucho más astuto de lo que le presumen sus enemigos, le dejó hacer sabedor de que tenía un win-win en la mano: si los secesionistas daban su sí lo presentaría como un éxito propio; si decían no, lo vendería en las elecciones como la prueba incontestable de que no ha cedido en nada ¿Qué le queda a Iglesias? Tratar de minimizar daños, volviéndose contra el aliado al que llevó al poder y que solo le ha dado migajas. Para ser el que manda, según algunos, Iglesias va de derrota en derrota hasta la probable derrota final de llevar a Podemos al cuarto puesto. Lo del sorpasso y asaltar los cielos hace tiempo que caducó.

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