Moverse en el Área Central


Es verdad que estamos, en Asturias, en una etapa de escepticismo total cada vez que el responsable correspondiente del Ministerio de Fomento formula una serie de anuncios de inversiones, fechas y compromisos en materia de infraestructuras de transporte. Las dificultades de los últimos años, el frenazo en proyectos capitales (empezando por la Variante de Pajares, cuyas fechas de puesta en marcha se fueron posponiendo una y otra vez) y el deterioro manifiesto de algunas infraestructuras por deficiencias de mantenimiento (véase el horror rebacheado del tramo León-Benavente de la autovía A-66), dieron aire al discurso quejumbroso de la Asturias aislada y periférica. Aunque ya sabemos que a cierto victimismo muy nuestro le gusta la dinámica del agravio (por comparación con otros territorios, supuestamente privilegiados por el Estado en nuestro perjuicio) o la negación de todo avance -evidente, si consideramos en conjunto los progresos en comunicaciones de las últimas décadas-, sí hay justificación para reclamar que las promesas que se lancen se cumplan y que se culminen proyectos definidos o iniciados hace ya tiempo. Uno de ellos, que debe ser perfectamente compatible con la llegada del AVE (es difícil de entender el afán de algunos en contraponerlo), es la aplicación del plan de cercanías ferroviarias, que esta región necesita como el comer y sobre el que el Ministro Ábalos acaba de ratificar el compromiso de su departamento y se ha puesto manos a la obra (ya se han introducido mejoras en la línea C3 Oviedo-Avilés).

Pero, además de reclamar al Ministerio que agilice la ejecución de inversiones, también tendremos que hacer bien nuestros deberes. Los tiempos administrativos son complicados y las estrecheces económicas siguen siendo muchas (más si cabe con reiteradas prórrogas presupuestarias autonómicas, en un contexto de fragmentación parlamentaria y falta de acuerdos); pero se ha echado en falta, en los últimos años, la vocación de modernización de otros momentos, en los que, no sin dificultad, echaron a andar proyectos importantísimos. Entre ellos, el propio Consorcio de Transportes de Asturias, nacido a pesar de la hostilidad de algunos líderes (por ejemplo, Cascos y De Lorenzo, aquí sí hermanados) que flaco favor hicieron con su posición refractaria a esta iniciativa, en sus inicios. A su vez, hace más bien poco (aunque nos parece un tiempo de otra era) se avanzaba en la definición de proyectos de vertebración comarcal del Nalón y el Caudal a través del tren-tran (sistema de transporte guiado de raíles), ahora aparentemente fuera de la agenda; o en ramales ferroviarios que es alucinante que todavía no existan, como la conexión con el Aeropuerto. Incluso planeaba la idea de un traspaso competencial en materia ferroviaria, que daba vértigo por las necesidades inversoras, pero que quizá hubiera evitado el posterior abandono al que el Ministerio de Fomento relegó a esta red en los últimos años. No obstante, parece que recuperamos cierto pulso y, en los últimos meses, al calor del debate sobre la ordenación del Área Central asturiana, y con la voluntad conjunta de que el transporte sea materia de atención prioritaria de este espacio de cooperación territorial, se toma cierta iniciativa desde la política autonómica, todavía modesta.

En efecto, la movilidad en el Área Central (una rutina casi diaria para muchísimos asturianos), es un caso de libro, en el que la distancia entre la gran ineficiencia actual y una modernización sustancial, no es tan grande como pudiera parecer, aunque requiera un esfuerzo político y técnico. El escenario -no lo escondamos- es de cercanías ferroviarias deficientes, doloroso abandono de la red de la antigua FEVE (que ha perdido toda fiabilidad para el viajero, lo peor que le puede suceder a un tren), miles de vehículos privados con un único y martirizado ocupante en carreteras saturadas y, algunas, deterioradas (la situación de la Y es de pena), y transporte público alternativo ineficiente: no es elección viable un recorrido que suma 90 minutos para acudir desde la periferifa de Oviedo, Gijón o Avilés hasta un concurrido polígono industrial o parque tecnológico del centro de la región, por poner un caso. El resultado, en términos económicos y medioambientales, es, sencillamente, inaceptable. Pero, a la par, la proximidad territorial de los lugares de origen y destino más frecuentados, la existencia de una red básica de infraestructuras que requiere mejoras y ampliaciones pero cuyo esqueleto es robusto, la superación paulatina de ciertos localismos, la voluntad de cooperación administrativa, la posibilidad de que se recupere cierta capacidad inversora y, sobre todo, el deseo de muchísimos commuters de aparcar el coche y practicar una movilidad que supere la insania actual, permite pensar que el cambio radical no está tan lejos. Falta, eso sí, un impulso decisivo que aúne empeños y que sólo puede venir del liderazgo político.

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