El ser humano lleva construyendo muros defensivos desde los albores de la historia, tal y como atestiguan miles de yacimientos arqueológicos en todo el mundo. Al principio buscó cobijo de las inclemencias del tiempo y de los animales peligrosos en las cavernas y, después, en los alojamientos que construyó con los materiales que la naturaleza ponía a su disposición. Pero la amenaza no tardó en extenderse, para provenir también de sus congéneres. Y, como consecuencia, el hombre aprendió a construir más y mejor, se parapetó tras paredes, muros y murallas para protegerse él, a su familia y a sus propiedades. Con el transcurso del tiempo esas defensas se fueron ampliando a emplazamientos más grandes: casas fuertes, castillos, ciudades e incluso fronteras como el muro de Adriano o la imponente muralla china.

Desafortunadamente, poco hemos avanzado porque seguimos rodeados de muros. La única diferencia es que ahora ya no sólo sirven para defenderse de los violentos, de los que buscan arrebatar lo ajeno como medio fácil para obtener riquezas, sino también de los pacíficos que sólo desean una oportunidad para ganarse la vida, educar a sus hijos y envejecer de una manera digna y en paz. Hoy los muros ya no se usan para detener a los agresores armados, sino para frenar la inmigración de los más desfavorecidos, de los que no tienen nada que perder y sí mucho que ganar como la caravana de centroamericanos que ya se encuentra en el lado tijuanense del muro que separa Estados Unidos de México. Desesperados que aguardan mientras los norteamericanos colocan alambradas sobre el hormigón y sus soldados vigilan prestos para disparar y muchos mexicanos se manifiestan contra ellos por considerarlos violentos y peligrosos. Las maras y el crimen organizado no son una buena tarjeta de presentación. Pero la solución, como siempre, no está al otro lado del muro sino en sus países de origen, causa de la injusticia y su necesidad.

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