Golpistas, fascistas y un fondo de rencor


Un paso más y terminan a tortas. De momento, ayer ya se dio el salto cualitativo del diputado Jordi Salvador, que, según todas las apariencias, le escupió o hizo el gesto de escupirle el ministro Borrell. Y ese señor tuvo el cuajo de presentarse ante la prensa con todo el grupo parlamentario de Esquerra Republicana y ni abrió la boca para negarlo: dejó que Joan Tardá fuese su portavoz, olvidando que el silencio es una confirmación. Nunca había ocurrido nada parecido en los 43 años de democracia. El odio que los independentistas catalanes sienten hacia Borrell ya había sido expresado por el follonero Rufián, que le llamó indigno y le acusó del gravísimo crimen de pertenecer a Sociedad Civil Catalana, que para un Torquemada soberanista debe de ser algo así como para quemarlo en la hoguera. Si ese es el retrato de la convivencia en vida civil catalana, me temo que el conflicto empieza a ser inevitable.

La segunda parte de la escandalera estuvo en el cruce de amables calificativos: golpistas los soberanistas y fascistas los unionistas. Es lo que se dice en la calle. Es lo que leemos en los periódicos. No debería ser, por tanto, una novedad en el Congreso, pero se empezó a utilizar como arma arrojadiza: «Si ustedes nos llaman golpistas, nosotros les llamamos fascistas», le había dicho Joan Tardá a Albert Rivera el día anterior. Y en eso andan, llevando a la Cámara los insultos que se tiran a la cara en las manifestaciones. La presidenta Ana Pastor decidió que esas palabras no figuren en el diario de sesiones. Yo las hubiera mantenido: son la evidencia de la tensión de este tiempo, que nadie sabe en qué puede terminar.

Quiero subrayar con estas anotaciones que los episodios vividos ayer han tenido como protagonistas a los soberanistas de Cataluña y a los defensores de la unidad nacional. Me temo que la confrontación ha llegado para quedarse. Mal asunto, porque las discusiones están adquiriendo aire tabernario, de desafío y muestran un inquietante fondo de rencor, azuzado por provocadores como Gabriel Rufián, cuyo papel en este mundo parece ser el de instigar bajos instintos que después se encargan de airear las televisiones, porque Rufián es la política-espectáculo, es como un tertuliano del Sálvame, parece un personaje de ficción.

Esto es lo que hemos visto. Yo solamente pregunto: ¿qué pensará el ciudadano ante esa escandalera? Si ve que la política está en esos niveles de violencia verbal, ¿sentirá la tentación de imitarla? ¿Cuál será el próximo paso cualitativo?, porque esto no hizo más que empezar y tiene pinta de ser una escalada. Los grandes dirigentes políticos lo tienen que meditar. Esto ya no es la crispación. Esto es un desafío a la concordia nacional.

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