Malos ejemplos


Siempre he opinado que los representantes públicos son el fiel reflejo de la sociedad a la que representan. Somos una sociedad muy plural y esa variedad de personas también se manifiestan en las instituciones. Es verdad que se espera de todos los políticos unas formas, al menos con un mínimo de respeto. A veces presenciamos debates duros, con palabras gruesas, pero también es verdad que luego fuera de las cámaras tienen otro estilo más amistoso para relacionarse. No obstante, no sé si un diputado como Gabriel Rufián, con la mala prensa que tiene, puede entablar conversaciones con otros grupos, pero lo que sí parece claro es que hay un tipo de gente que vive de llamar continuamente la atención. El Congreso de los Diputados es un lugar lo suficientemente importante como para tomárselo muy en serio, pero Rufián se ve que lo interpreta como un patio de un colegio. Lo triste de todo es que habrá quien le ría las gracias, y él ha construido un personaje sobre sí mismo que le irá bien para alcanzar la fama, pero no para conseguir ningún beneficio para la ciudadanía a la que representa.

No me imagino escuchar en Alemania o en Italia a un dirigente político dejando a «otros» situar ideológicamente a una formación que lanza mensajes propios de un partido de extrema derecha. Albert Rivera, el mismo que llama «golpistas» a los dirigentes del PDeCAT y de ERC (y el PSOE de «amigos de los golpistas», a Podemos de «bolivarianos de extrema izquierda»…) no se siente «analista político» para definir a Vox. No ha sido esta semana el único bochorno de Ciudadanos, porque junto al PP han sido incapaces en el Senado de condenar el franquismo. Se les ha visto la careta. Cuarenta años después, la democracia sigue teniendo a un sector muy importante de la sociedad incapaz de mirar para adelante y reconocer que ese pasado negro para España no ha de volverse a repetir.

En ambos casos veo malos ejemplos para la política, pero si están ahí y hablamos de ellos es porque precisamente hay ciudadanos que los votan y los apoyan. Al final unos y otros lo único que provocan es más enfrentamiento, menos entendimiento y más desafección por la política y por las instituciones. Una pena, pero habrá que aguantar el chaparrón. No queda otra.

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