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Los culpables de la crispación


Después de la tormenta, la búsqueda del culpable. Pedro Sánchez lo ha identificado: en los sucesos parlamentarios del miércoles, apunta a Rufián y le sugiere que pida perdón. En el clima general que vive el país, el señalado por Sánchez es Pablo Casado, a quien sitúa al mismo nivel que a Rufián y también le insta a pedir perdón. Y en parte es cierto: desde que Casado preside el PP, este partido ha endurecido su discurso. El momento culminante fue cuando acusó a Sánchez de ser cómplice del golpismo catalán y Sánchez le retiró la palabra con un solemne «con usted no tengo más que hablar».

Ahora intentemos otra forma de ver las cosas: todos son culpables del tenso ambiente político. Es culpable Casado por lo dicho y porque parece haber establecido una carrera con Ciudadanos a ver quién hace una oposición más dura. En el PP hay pánico al partido Vox y se trata de impedir una fuga de votos hacia él. Hacerle frente con sus mismas armas dialécticas es un método, pero con un riesgo: que el PP se deslice hacia la extrema derecha, con lo cual su discurso se hace también extremista.

Es culpable, por parecidas razones, Ciudadanos. Haber llevado su discurso al límite del nacionalismo español en Cataluña le dio magníficos resultados y sigue la misma senda. No tiene miedo a las palabras y las utiliza como espadas. La última vez, ante el cese de uno de los abogados del Estado: «El Estado está al servicio de los golpistas». Su antigua disposición al pacto con el PSOE se ha convertido en una agresión descarnada, que siempre tiene que ser superior a la del PP.

Es culpable Pablo Iglesias, porque tiende a dividir a España entre autoritarios privilegiados y ciudadanos sufridores, sin ningún matiz. Tiende a defender la autodeterminación, por sus intereses electorales en Cataluña. Y ayer mismo crispó el ambiente al negar a la monarquía cualquier utilidad. «Su función histórica para la democracia española ha perdido sentido», escribió en El País.

Son culpables los independentistas catalanes, con Torra a la cabeza, con su sentido supremacista y sus menosprecios a todo lo español, comenzando por el rey. Su «delito» no es buscar la independencia, sino hacerlo desde esa tendencia creciente a llamar fascista a toda persona partidaria de la unidad nacional.

Y es culpable el señor Sánchez, cuyos afectos se dirigen a quienes lo votaron en la censura y tiende a negar el agua a los discrepantes. Siempre con buenas palabras. Con un Gobierno más abierto a las iniciativas de otros, no le quepa duda: habría menos crispación. Lo que ocurre es que, igual que a la derecha, le viene bien que exista. Así aglutina a los suyos y situando a los demás en la caverna, él queda como el gran redentor social.

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