Sobre Gibraltar y la «realpolitik»

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En el contexto actual de la política española, y tras las rotundas declaraciones de Borrell y Sánchez, es muy posible que a España no le quede más remedio que hacer algún gesto -muy incómodo para la UE- que deje en evidencia nuestro malestar con los negociadores europeos del brexit. Se trata de un gesto muy necesario para la política interna -cuyas tensiones van a agravarse por las previsibles acusaciones de negligencia hechas por la oposición, y por saque de pecho del «no es no» de Sánchez-, y necesario también para Bruselas, cuya prepotencia y deslealtad dan a entender que en el club europeo todavía hay clases, estamentos y castas; y que la progresión de la UE sigue lastrada por las constantes cesiones a terceros países que, más allá de desestructurar la Unión y su identidad, dan a entender que también en la UE -igual que sucede en España con Cataluña y el País Vasco- se paga mucho más y mejor a los rebeldes y desleales que a los leales.  

Pero dicho lo dicho, y oportunamente desahogados, conviene volver al viejo invento alemán de la realpolitik, para no esnafrarse contra la pretensión de que la UE se avenga a un fracaso del brexit -tan amenazado ya por otros motivos-, para defender un soberanismo maximalista que nosotros mismos no hemos practicado jamás, ya que, además de habernos plegado por más de mil razones a la prepotente política desarrollada por el Reino Unido en su integrada colonia de Gibraltar, no hemos hecho más que chanzas y cuchufletas sobre el cierre de la verja, decretado por el franquismo, que, visto en correcta perspectiva, y en el marco de la política internacional de la época, era mucho más coherente y realista de lo que sería ahora un conflicto económico y diplomático con el Reino Unido y los grandes países de la UE.  

El mundo está lleno de situaciones y casos -de pequeña o enorme gravedad- que, a pesar de ser analizados sobre soluciones y principios universalmente aceptados, todos damos por supuesto que no se van a resolver de manera tan cartesiana y tan obvia como los discursos sugieren. Palestina, el Sahara, Kosovo, Crimea, Chipre, Kurdistán y Myanmar son una muestra de estas excrecencias -mezcla de soberanismo e imperialismo- que perviven, y que nadie piensa que puedan solucionarse aplicando, con buena voluntad, las reglas de tres que barajan los diplomáticos. Por eso cabe esperar que la frontera de Gibraltar se borre y se haga invisible, como las de Francia y Portugal, antes de que se alcance un acuerdo que retrotraiga la historia de la colonia hasta un minuto antes de la firma del tratado de Utrecht (1714).

Lo bueno sería que nuestro enfado y nuestro «no es no» tengan la teatralidad que necesitamos, sin que acabemos creyendo que el brexit nos va a dar la solución que no nos dio ni la Unión Europea ni los años transcurridos desde que se acuñaron el célebre «Gibraltar español» y el más realista eslogan «Gibraltar caerá como una fruta madura». Así que, amigo Borrell, fuerza en la mano derecha, y sentidiño en la izquierda.

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