Mrs. May pincha el globo de Sánchez

OPINIÓN

Thierry Roge | DPA

26 nov 2018 . Actualizado a las 07:47 h.

El problema no es que Sánchez haya ratificado -con infantiles e irrelevantes disculpas- el documento del brexit. Yo mismo, en el artículo del sábado, le había aconsejado bajar los humos y practicar la realpolitik. Lo malo es que, disfrazado de toro de Osborne, haya montado el show del veto, cabreado a la plana mayor de la UE, y encandilado al españolismo patriotero con su ataque a la «pérfida Albión», para después acabar humillándose en Bruselas, como un corderito, mientras nos endilga a los ciudadanos la horrenda mentira de que la señora May, que no cedió ni un ápice en sus posiciones, ni se despeinó un cabello durante la refriega, «ha aceptado las condiciones de España». Lo insoportable de Sánchez es que solo atina cuando se contradice; que su brújula desimantada, en vez de señalarle el Norte, lo aboca siempre a Despeñaperros; y que todo lo que hace y dice suena a improvisación, irrelevancia y a odres viejos llenos de viento.

Claro que a los politólogos clásicos no nos extraña la faena, porque esta forma de actuar constituye un signo somatizado de decadencia política, de desorientación personal y de ocaso de una época. Una forma de huir de la realidad que los escritores y poetas del Siglo de Oro -eminentes testigos del debilitamiento de los Austrias, de la crisis provocada en el Imperio por su propia desmesura, y de las tormentas que cruzaban los Pirineos como oberturas y presagios del drama de Rocroy- diseccionaron con prodigiosa exactitud. Porque ya de entonces nos viene la manía de aparentar vigor cuando estamos anoréxicos, de vestirnos pretenciosamente cuando nos asedia la pobreza, de envolvernos en la capa y calar los sombreros cuando, aparentando caballerosidad y valentía, esperamos que llegue la noche para actuar como buscones y villanos.

Cualquier español que siguiese la actualidad del fin de semana pudo darse cuenta de que aquel Pedro Sánchez, que aprovechaba el drama social y político de Cuba para dar imagen de rico y poderoso mandatario de una potencia occidental, impostaba sus advertencias a Europa, y enorgullecía a los españoles hambrientos de la épica y acartonamiento institucional que tanto admiramos en los franceses, para lanzarse por una pendiente arriesgada y veloz que cualquier poeta del Siglo de Oro le hubiese desaconsejado, y que finalmente acabó con Sánchez tragándose su bravata, contándonos otra trola, y dejando con cara de tontos a todos los que vieron en él un Quijote redivivo.

Quizá por eso resulta oportuno dejar que sea Cervantes quien, con el soneto dedicado al túmulo de Felipe II, describa la última fazaña de Sánchez: «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla! / Porque ¿a quién no sorprende y maravilla / esta máquina insigne, esta riqueza? ... /… Esto oyó un valentón y dijo: Es cierto / cuanto dice voacé, seor soldado, / y el que dijere lo contrario miente. …/… Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada».