Hay oscuridades que solo llegan a comprenderse desde dentro. A lo lejos, el negro parece solo azul. Ocurre con la depresión. Como si los que la sufrieran necesitaran un justificante para mostrar ante el resto del mundo: una gran tragedia, un drama, un cambio drástico... Si se ha pinchado esa rueda es porque necesariamente tiene que haber un bache. Es como si fuera un problema de libre elección. ¿Cómo vas a estar deprimido si estás en buena forma, si tienes trabajo, familia y amigos? ¿A qué viene esa nube si tu cielo está tan despejado como el mío? Un gurú de la felicidad llegó a proclamar recientemente que «la depresión te la provocas tú», porque «solo si te esfuerzas mucho conseguirás deprimirte». No se deprime el que no quiere. Así de fácil. Pues ahí está Andrés Iniesta. Una vez más. Esforzándose en demostrar lo contrario, rompiendo un tabú. Sí, a la cima también llegan las sombras. La depresión es un trastorno que no encaja con buena parte del contenido que se exhibe en las redes sociales. En las plataformas más pobladas se da lo contrario, la necesaria obligación de mostrar la felicidad en cada vivencia. Cada viaje, cada cumpleaños, cada desayuno, cada noche, cada día. Todo debe ser brillante y colorido. Una gominola visual para el disfrute colectivo. Essena O’Neill, una joven modelo australiana, dejó Instagram porque se convirtió en algo insoportable. Confesó que «todo lo que hacía estaba editado». Su imagen más celebrada, una tomada en la playa. Un instante de supuesta perfección improvisada. «Estuve dos o tres horas haciendo fotos en la arena. De cientos de imágenes, elegimos esa», reconoció. Que la alegría inflada no tape la asfixia real.

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Depresión