A la caza del ministro


A Josep Borrell, con quien despaché in illo tempore asuntos nada menores para Galicia -financiación autonómica, FCI-, a quien escuché con admiración en numerosos foros y de quien leí críticamente muchos de sus escritos, siempre lo consideré -y considero- una cabeza privilegiada y una persona de honestidad nunca desmentida (hasta ahora). Anticipo mi posición por si alguien pretende recusarme como juez parcial: lo soy. Y a mucha honra.

Con ese conocimiento del personaje, ni tan íntimo ni tan superficial, puedo afirmar la mayor: no reconozco a Borrell en el retrato robot que le pintan estos días los inquisidores del reino. No lo reconozco porque esa imagen, distorsionada por los espejos cóncavos de la política, lo presenta como un corrupto de poca monta y un gilipollas. Porque lo uno implica lo otro, como intentaré demostrar.

Describamos primeramente el chanchullo: la «infracción muy grave» destapada por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). El 24 de noviembre del 2015, Borrell vende acciones de Abengoa, que figuran a nombre de su ex mujer Carolina Mayeur, por importe de 9.030 euros. Usa información privilegiada porque, como consejero de Abengoa, sabe que la firma va a presentar preconcurso de acreedores y sus acciones caerán en picado. Así fue. El valor bursátil de Abengoa se desploma un 66 % en dos días y, por tanto, la oportuna venta le evita pérdidas por importe de 6.000 euros. Y la CNMV le impone la sanción máxima: el quíntuplo de las pérdidas evitadas, es decir, 30.000 euros. Menudo negocio hizo el consejero de Abengoa.

Veamos ahora la necedad. El 24 de noviembre del 2015, Borrell posee también acciones de Abengoa, estas a su nombre, por importe de unos 380.000 euros. Pero en este caso, en vez de desprenderse de ellas, deja que ardan en la hoguera: en dos días pierde más de 250.000 euros y meses después buena parte del capital se había esfumado.

Curioso proceder el de este atípico infractor. Sabe que la casa se desmorona, porque figura en su consejo de administración, y en lugar de salvar los muebles y enseres más valiosos -el comedor Luis XVI, la porcelana de Sèvres o la vajilla del Sargadelos clásico-, se conforma con poner a buen recaudo la fotografía en sepia de su ex mujer. Y para mayor sorpresa, el escrupuloso infractor se niega a recurrir la sanción para evitar un conflicto de intereses, ya que el recurso lo tendría que dirimir su compañera de gabinete Nadia Calviño. Lo dicho: corrupto de poca monta y gilipollas. Porque si suprimimos lo último y admitimos que Borrell no es ningún necio, deberemos concluir también que resulta inocente de la acusación mayor y que su caso se reduce a un traspiés o error que bien caro ha pagado.

Ah, ¿pero debe dimitir? Esa es otra cuestión. Solo advertiré, para que cada cual saque su conclusión, que los cazadores se han echado al monte para abatir a Pedro Sánchez. Y se acercan cada vez más al objetivo: ya han puesto el punto de mira en la clave de bóveda de su Gobierno. Es decir, en Josep Borrell.

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