La edad y la banca


Del arado de madera al de reja, han tenido que pasar miles de años para que este milagro fuera una realidad. Miles de horas de trabajo abriendo la tierra y alineando surcos que recogieran humildades granos, promesas de pingües cosechas. De la pluma y la tinta china, al Boli, al ordenador, a la magia de las NNTT. Otros montones de años de tecnología y esfuerzo han tenido que pasar.

Ahora, metidos en el siglo XXI, nos vemos acosados en nuestros quehaceres diarios por la dinámica imperante de lo informático. Y, en hombre (de la edad que sea) se enfrenta a estos monstruos sin voz ni orejas que le exige formación y no mira el carnet de identidad. Es despiadado. No atiende a ningún tipo de súplica. El hombre, ante estas dificultadas prácticas no encuentra otro apoyo para superarlas que el humor y su propia valentía.

Los bancos, esos ogros y manipuladores por excelencia de los humanos, como es su modus vivendi. Sin dinero, la vida es más difícil. Hoy, yo. Mañana, otros/as. Y, mañana, multitud. Hoy, digo, me dirigí a una de tantas oficinas como el Becerro de oro tiene plantadas en cada rincón de cualquier ciudad… Y, sorpresa: para realizar una transferencia de mi propio banco; ¿propio?, de la friolera de 29 euros, me pedían 5 euros de comisión.

Sí, ni siquiera el monte de la operación llegaba a la treintena de euros y me «exigían» un billete de 5 euros. Casi un 20 %. Me resistí. Afilé las uñas. Y puse sobre el ordenador del empleado de turno mis argumentos. Que, básicamente era uno: «Si tengo aquí mis pocos dineros, mi pensión, ¿cómo me pueden cobrar esta ingente comisión?».

Por más exhibición de terquedad que exhibí en mi protesta, no tuve otra alternativa que bajar los humos y escuchar su sorprenderte respuesta: «Puede hacerlo desde su ordenador en casa entrando en la banca virtual». Sí, ¿no lo sabía? Claro que sí. Pero, y si no tengo ordenador, y si no posea las destrezas suficientes para realizar tal operación, y si un montón de nubarrones me anunciaban la tormenta.

No satisfecho de la respuesta oficial, me dirijo a la oficina del Director de la sucursal como último intento de salirme con la mía. Pico a la puerta y se me facilita el acceso con educación y rápida atención. Me repitió la misma cantinela que el subalterno anterior; pero con una diferencia, se prestó a, desde su ordenador, facilitarme las instrucciones para poder yo ejecutar en casa la ansiada transferencia.

Conseguí información, sí. Pero la gestión quedó en espera. Y, «con el rabo entre las piernas», salí quemado y resabiado por el trato que nos deparan los BANCOS con ese su eslogan de USUREROS y tener que confiar mi queja al papel. Y que no va a ser papel mojado. Sino, también en plasma. Y aquí viene la moraleja: ¿qué va a ser de tantos pensionistas y demás humanos que no tengan ni la destreza ni los instrumentos necesarios para realizar tales operaciones, si estos monstruos del poder, los bancos, eliminan estos servicios directos de atención personal?

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