Las tres derechas y el cordón sanitario


Maravilla observar cómo los partidos políticos se pasan la coherencia por el arco del triunfo y, en su legítimo afán por conducir el agua a su acequia, utilizan la vara de medir que más les conviene. Hasta las elecciones andaluzas, Pablo Casado y Albert Rivera sostenían que debía gobernar la casa el vinculeiro: el partido más votado. Desde el pasado domingo, ambos se han transmutado: Casado defiende la investidura de Juanma Moreno, segundo en las elecciones, y Rivera propone a Juan Marín, tercero en el escalafón. Bienvenidos sean ambos al sistema métrico decimal, es decir, a la democracia representativa y constitucional.

Una comparativa nos ayuda a percibir la magnitud del cambio de filosofía. En las elecciones generales del 2015, Mariano Rajoy sufrió un batacazo: perdió 63 diputados, 16 puntos porcentuales y 3,5 millones de votos. Pese al desplome, era la lista más votada y, previa repetición de elecciones y la abstención de un fracturado PSOE, acabó formando Gobierno. El pasado domingo, Susana Díaz perdió 14 escaños, 7,5 puntos y 400.000 votos (un 28 % menos que los obtenidos en 2015). Ganó las elecciones, se impuso en siete de las ocho provincias andaluzas, pero todos sabemos -no sé si ella también- que acabó su carrera política. No obstante, resulta curioso que el supuesto vencedor, el que probablemente se llevará el gato al agua, sufrió un descalabro de similar envergadura: el PP perdió siete diputados y 316.000 votos, un 30 % de su electorado. Si canta victoria será únicamente porque confía en que Ciudadanos y Vox lo lleven en volandas a la presidencia de la Junta. Cosas de la aritmética parlamentaria.

Restablecido el principio de que gobierne quien sea capaz de forjar una mayoría parlamentaria, comienzan las negociaciones. Y estas, a mi entender, deben ser enfocadas por el PSOE con amplitud de miras y sacrificio de partido, bajo dos premisas: debe gobernar la derecha porque así lo han decidido los andaluces, pero debe contribuir a aislar a los ultras de Vox antes de que la epidemia neofranquista se propague por toda la piel de España.

La democracia significa alternancia y esta ha llegado, después de 36 años de hegemonía socialista, a Andalucía. Estuvo a punto de producirse en el 2012, en la época del bipartidismo, pero los términos del relevo han cambiado: de la alternancia entre PSOE y PP hemos pasado, en la nueva era del pentapartidismo, a la alternancia entre derecha e izquierda. Y ahora, en Andalucía, ha sonado la hora de la derecha y tenemos que acatar el mandato inapelable de las urnas.

La izquierda no puede evitar que gobierne la derecha, pero sí establecer un cordón sanitario que frene la expansión de la ultraderecha. Y eso pasa, en el caso del PSOE, por renunciar a la quimérica pretensión de mantenerse al frente de la Junta y respaldar a Ciudadanos, su exsocio en las tareas de gobierno. De lo contrario, el posible pacto entre las tres derechas será irresponsabilidad de PP y Ciudadanos, en primer lugar, pero también de la izquierda por omisión.

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