Peligro


Bethany Stephens presumía de sus dos perros. Cuidó de sus pitbulls desde que eran cachorros. Salía a pasear con ellos cada día por Goochland, su pueblo. Se sentía segura al lado de sus mascotas. Grandes. Fuertes. Con su pelo oscuro y brillante. Pero Stephens apareció muerta en el camino. Tenía solo 22 años. Su cabeza estaba destrozada. El informe forense confirmó que sus heridas fueron ocasionadas por mordiscos. La habían matado sus propias mascotas, aquellas que tanta confianza le daban.

Es fácil incubar el peligro sin ser consciente de ello. Alguien compra un perro de una raza peligrosa y lo cría pasando por alto ese detalle irrelevante. De pequeño, el animal es un juguete. Se le ríen las trastadas. Se le aplauden los caprichos. ¿Cómo vas a reñirle si es un peluche inofensivo? Mira, es que no me llega ni a la rodilla. De adulto, ya nadie de su entorno lo ve como una amenaza, porque todos sienten que es una protección frente a ciertas amenazas. No entrarán en mi casa, no me quitarán lo mío, no atacarán a los que me rodean. Él me defiende. A veces enseña los dientes, pero tranquilos, que yo lo controlo. No necesita bozal, porque es como de la familia. No sé de qué se quejan los vecinos. Paranoias.

A España le está creciendo un pitbull en el patio porque lo han mimado muchos. Ha comido a dos carrillos. A estas alturas, a algunos les conviene tenerlo de buenas. Pero ya no basta con tirarle la pelotita. Y tampoco con lanzarle un hueso. Por eso hay quien se plantea abrirle las puertas y dejar que entre hasta la cocina. Quizás creen que todavía es pequeño, que lo controlan. Que no hay peligro.

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