Un Consejo de alto riesgo


Vaya por delante una consideración: el Consejo de Ministros puede reunirse donde crea conveniente. Faltaría más. Se puede reunir en Barcelona, en Girona, en un restaurante de carretera o en el monasterio de Poblet, si los frailes se lo autorizan. No es que le ampare el derecho de reunión, como dice la portavoz del Gobierno catalán. Es que le ampara la lógica y el sentido común. Lo reconocen los propios nacionalistas, que prefieren no ver allí a un solo miembro del Gobierno de España, pero no encuentran razón ninguna para oponerse. Y una cosa más: una vez comunicada la decisión, no hay marcha atrás. Desconvocar ese Consejo porque se anuncian algaradas sería un acto de cobardía, una concesión a los intransigentes y una renuncia al principio de que Cataluña también es España. Eso es lo que buscan los CDR y otros grupos con su llamada al boicot con las consignas de que «el 21-D seremos ingobernables» o «quien no comparte la batalla, compartirá la derrota». Un lenguaje bélico y épico. Ningún gobierno puede ofrecer la imagen de que huye de esas amenazas.

Sin embargo, tengo una duda: ¿debió Pedro Sánchez tener la iniciativa o aceptar la idea de reunirse en Barcelona? Yo creo que calculó mal los peligros o no tuvo buena información. Es muy fácil decirlo ahora que la ofensiva está desatada, pero un gobierno tiene medios para disponer de una previsión documentada. Dado el clima de confrontación política en Cataluña y las ansias de agitación de los grupos radicales, toda actividad del Estado en aquella comunidad es una operación de riesgo. No habría pasado nada si no se hubiera convocado ese Consejo. Nadie lo pedía, e incluir la iniciativa en lo que Josep Borrell llama «la política del ibuprofeno» no deja de ser una ocurrencia buenista, porque ni Barcelona es Sevilla, ni Cataluña es Andalucía. Lo que en cualquier otra ciudad de la España no soberanista sería casi un orgullo, en tierras catalanas es fácil presa para la manipulación y la agitación.

¿Qué puede quedar de ese Consejo para la crónica de los días siguientes? El gesto de valentía que antes he señalado, pero también imágenes terribles que el aparato de propaganda del independentismo explotará con su tradicional eficacia: fotos de una protesta magnífica, interpretada como un rechazo a España; policías autonómicos o nacionales con sus porras, sus coches y sus escudos antidisturbios, que permitirán difundir la estampa de represión que tanto gusta en alguna prensa extranjera, y quiera Dios que no haya escenas como las del 1 de octubre del año pasado, sobre todo de la Policía Nacional. Si ese va a ser el balance, es evidente que nos encontramos ante un error. Lo malo, como digo, es que ya no se puede rectificar.

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