Firmeza (moral) en Cataluña


Ahora no se hacen películas como La amenaza de Andrómeda: un microorganismo desconocido, Andrómeda, más parecido a un cristal que a un virus, que deja la sangre hecha arenilla en segundos; en un búnker, científicos que hablan y hablan; ordenadores como los imaginaban a principios de los setenta, con botones grandes, muchos ruidos, luces y pantallas de texto. El sistema de seguridad del búnker parecía razonable: si había una fuga, empezaba una cuenta atrás para una explosión nuclear. Así se aseguraban de que en el peor de los casos Andrómeda quedaba destruida. Pero los científicos se dan cuenta de que Andrómeda se multiplica con esa energía, que una explosión nuclear provocaría una colonia numerosa de golpe. Así son las cosas. A veces la energía y la fuerza no eliminan el mal, sino que es el ecosistema en el que progresa y encuentra el mejor nutriente.

Se acerca el día 21. Esta semana Quim Torra apeló a la vía eslovena para Cataluña. Hay varias cosas que lamentar, sobre todo una. Hay que lamentar, desde luego, una invocación directa al enfrentamiento armado con muertos desde la cúspide de la Generalitat. Hay que lamentar también que la ignorancia de la historia, por falta de formación o por sectarismo, rebase todos los días los límites del respeto: cada vez que los líderes políticos perpetran mentiras groseras tengo la sensación de que nos llaman analfabetos o idiotas. El caso esloveno se diferencia del catalán en tres cosas: apoyo de la población, ejército propio y reconocimiento internacional; es decir, se diferencian en todo.

Esto es para lamentar, pero no hay que desmayarse, porque los desvaríos de Torra empiezan a no ser tomados en serio. ¿Qué fue de su ultimátum para un referéndum este noviembre? No tuvo en la política catalana más efecto que cuando el abuelo habla en sueños durmiendo la siesta. Lo que hay que lamentar es lo que sí es serio: la evidencia del desgobierno de Cataluña. Torra suelta sus ocurrencias a todas luces sin consultar con nadie y sin medir siquiera los efectos para sus propios propósitos. Algunos presos de su partido están en huelga de hambre, una de esas cosas que se hacen como mínimo para llamar la atención. ¿Quién va a notar la huelga de hambre si su presidente anda buscando guerras? Convergencia y sus mutaciones fue cayendo de Pujol a Artur Mas, de Mas a Puigdemont y de ahí a Torra. ¿Qué podría ser lo siguiente? Mal momento para la acefalia en Cataluña.

Los CDR van pareciéndose cada más a cuadrillas de civiles intimidatorias. Pueden vestirlo como quieran, pero el aroma es el que es. Y hace tiempo que se perdió la referencia del derecho. El abuso de la prisión preventiva es evidente. A los legos nos tendrá que explicar alguien por qué se le puede imputar a Junqueras un delito muy parecido al de Tejero que no se pudo imputar a ETA. Si la explicación incluye mención a los generales Pavía y Primo de Rivera, que nos la dé alguien que haya leído algún libro de historia y se haya examinado de alguna asignatura. Pero hace tiempo también que el parlamento catalán pretende que la justicia se subordine a «los derechos de la gente», es decir, que se normalice aquello que decía Fabra en Castellón: si nos vota el pueblo, esa es la sentencia; ¿quién necesita jueces?

Así que la aplicación indefinida del 155 catalán puede pedirla el cuerpo y hasta parecer razonable. Tan razonable como una bomba atómica para destruir Andrómeda. El enfrentamiento total con el Estado es el ecosistema que ahoga el seny catalán y no catalán y en el que prosperan los perfiles más cabríos de todas las formas del nacionalismo. Por eso lo quieren quienes prosperaron en guirigay, C’s, Vox y PP, versión Casado. Cuanto más tensión en Cataluña más montuna la derecha. El 155 haría aflorar más banderas rojigualdas y haría repetir con más decibelios el nombre de España, de la triste manera en que en España se repite su nombre y se exhiben sus símbolos: siempre contra españoles. El nacionalismo catalán sería cada vez más de pasamontañas y hasta Tardà o Junqueras se harían inaudibles. Sólo Andrómeda quiere la explosión nuclear.

El asunto catalán requiere firmeza en la izquierda nacional, pero firmeza moral, en dos sentidos. Uno es el evidente: constancia en las convicciones. Los vaivenes de Sánchez con el delito de rebelión son una foto de lo que le suele pasar al PSOE. Seguramente Sánchez siempre creyó que en Cataluña no hubo rebelión. En el momento más tenso del año pasado, con palabras y banderas volando como cuchillos, el PSOE no era capaz de hacer otra cosa que lo que en plena batalla parece sentido de estado. El problema es que lo que parece sentido de estado en medio de los alaridos suele no serlo. Y además en momentos críticos el sentido de estado suele ser el que diga el PP, porque la derecha siempre hace un solo enemigo de todos sus enemigos y si el PSOE no dice amén, será parte del enemigo golpista, independentista, terrorista o lo que toque. Y lo más notable es que esa lógica afecte a la conducta del PSOE. Sánchez no fue capaz de decir en plena crisis que aquello no era una rebelión, que no hubo grupo armado que pudieran enfrentarse al Estado. Ni fue capaz de decir en caliente que las cargas policiales del 1-O fueron una demencia. Hubiera sufrido unos días, pero habría ganado crédito. Se dice que Podemos está pagando su posición en Cataluña. Lo que puede estar pagando Podemos de Cataluña es culebrear sin criterio. Su doctrina sobre naciones y estados es muy endeble. Podemos no está apoyando la legitimidad de los resultados del referéndum del 1-O y no la apoyó nunca. Si no le pareció un referéndum legítimo desde el día siguiente, no se lo parecía tampoco el 1-O. La firmeza consiste en decir lo que piensas el mismo día 1. Se puede decir en caliente alto y claro que aquello no era un referéndum y que aquellas cargas policiales eran una catástrofe. Para dialogar y hacer acuerdos con partidos como Esquerra no hace falta ser condescendiente con todas las gracias independentistas. El criterio y altura moral es lo que acaba dando crédito en situación tan envenenada.

El otro sentido de la firmeza en enfrentar las mentiras y las simplezas. La derecha, cada vez más montaraz, miente como mienten los extremistas: con desparpajo, con voces y con grosería. Se necesita descaro para decir que la situación en Cataluña es ahora peor que hace un año, que es ahora cuando es crítica y que todo es por culpa de Sánchez. No veo ahora a jueces imputando delitos ni ordenando detenciones, como hace un año. Es notable que pretendan que la culpa de que el 155 del año pasado no funcionara fue del PSOE. Sin embargo, cuando la derecha se crece, como es el caso tras lo de Andalucía, la izquierda se deja infiltrar parte de su discurso, en vez de reafirmarse. Los barones del PSOE vuelven a desafinar presionando a Sánchez con las falsedades de la derecha. Sánchez asemeja más su tono al de la derecha. Y en Podemos hasta hubo voces que querían matizar no sé qué cosas sobre la caza, por el vocerío de los muchachotes de Vox. Falta altura y firmeza moral.

Aznar muestra la diferencia. Coloca a Vox en el sistema y a Podemos fuera de él. El PP siente que los extremistas fortalecen su discurso, que es más sólido el apoyo a la iglesia, a la bajada de impuestos, a la eliminación de políticas de igualdad. En su día el PSOE no sintió que Podemos reforzara la parte de su ideario que confrontaba con la derecha. Ayudó a la derecha para que se le percibiera fuera del sistema, destiñendo su ideario en el colorante del PP. Si Podemos hubiera sabido gestionar su posición, el PSOE podría ser ahora residual. Cataluña volverá a tensionarlos y es de temer lo de siempre: un PSOE confundido con la derecha y adusto con quien le presione por la izquierda y Podemos con un discurso mecido por las circunstancias sin timón. Como no consigan algo de relevancia sobre el tema catalán, no quedarán más actores que los que medran con el enfrentamiento. Y cuanto más enfrentamiento en Cataluña, más también fuera de ella. Se ve a simple vista.

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