Los parias de la crisis ambiental


Con su permiso, este sábado me bajo a la calle, que en la calle también hay vida. Mejor dicho: en la calle es donde está la vida. El cronista vive en una ciudad limítrofe con la capital de España. En Madrid, como a veces ocurre en otras ciudades, hay un problema de tráfico y el tráfico lleva la culpa de la contaminación. En consecuencia, sus regidores toman medidas con la bienintencionada intención de cuidar la salud del contribuyente, que mucha gente se muere por la calidad del aire. En Madrid la alcaldesa Carmena, amante de la bicicleta, ha demostrado ser una eficacísima gestora del medio ambiente y demuestra una valentía envidiable, porque muchas de sus decisiones son discutibles y discutidas y estamos a seis meses de las elecciones municipales. Y así, cualquier mañana te encuentras con que han puesto un carril bici por donde, según los taxistas, no pasa ningún ciclista. Otro día decide que el peatón es el importante y deja un solo carril para coches privados en la Gran Vía. Al otro inventa el Madrid Central solo para residentes y coches no contaminantes. Como eso no impide la contaminación, un día reduce la velocidad en la M-30 a 70 kilómetros por hora.

Pero como la contaminación continúa y se agrava, al día siguiente se prohíbe la circulación de todos los coches que no tengan la pegatina del distintivo ambiental. Todo esto está muy bien, pero con una salvedad: al final los únicos que pagan la contaminación son los pobres. ¿Quién no puede entrar en la almendra limitada a residentes y no contaminantes? Los que no tuvieron ni tienen recursos para comprar un coche eléctrico o híbrido.

¿Quién no puede ni acercarse a la ciudad los días de mayor contaminación? Los que no tienen el distintivo de la DGT; es decir, los que no pudieron cambiar de coche en los últimos doce años.

Normalmente no es porque se hayan enamorado de ese vehículo o lo conserven por su valor histórico; es porque no pueden pagar otro nuevo. Digamos que son los nuevos proletarios del automóvil, los nuevos parias del tráfico y, encima, los incívicos que contaminan. Pobres y contaminantes. Seguro que además fuman. ¡A por ellos! ¡Ay, Dios, qué difícil resulta adoptar decisiones justas! Es que siempre ocurre lo mismo: viene una crisis económica y la sufren los más débiles. Viene una escalada de la inflación y a quien afecta es al de menos capacidad adquisitiva. Sube el precio de la luz y salta la pobreza energética. Sube la gasolina y quien tiene que apretarse el cinturón es el pobre (bueno, la clase media baja).

Ya solo faltaba que los pobres sufran también la crisis ambiental y aporten el sacrificio de las restricciones para que el pudiente, encima, se pueda chulear. Pues lo han conseguido.

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