El diálogo del garrotazo


Esto debe de ser la primera vez que ocurre en el mundo civilizado y, desde luego, en un país democrático: una reunión del Consejo de Ministros se convierte en un agobiante problema de orden público. Como si se tratase de una asamblea revolucionaria que trata de derribar al régimen o de una insurrección, palabra que utiliza Aznar, miles de policías tienen que ser enviados al escenario de la tragedia, se supone que armados y con todo el material antidisturbios disponible. El Gobierno central y los diversos cuerpos policiales diseñan la estrategia como si se tratase de la batalla final de una guerra. Los partidos políticos se enfrentan como si fuese un combate a vida o muerte. Se mantiene el suspense del encuentro entre los dos presidentes, Sánchez y Torra, como si de él dependiera la paz mundial o el cambio climático. Y naturalmente, los medios de comunicación asisten a los preparativos de la conflictiva reunión con el interés que solo se demuestra en las ocasiones excepcionales.

Todo es, por tanto, un poco surrealista, pero es la tensión que corresponde a un período en el que se deciden cuestiones básicas para la integridad nacional. Mi primera conclusión es la expresada en la crónica del pasado viernes: Pedro Sánchez se equivocó, por defecto de información o de diagnóstico, quizá por mal cálculo de calendario, al decidir la celebración de este Consejo en Barcelona. No pasaría nada si no decidiese llevarlo allí. Puede ser un desastre si sale mal. Por tanto, se juega un partido a cara o cruz: demasiado riesgo para cuestiones tan serias.

Y hay un daño colateral no atribuible a Sánchez: la cumbre con Torra ha enfrentado de forma casi dramática a los partidos que defienden la unidad de España. Ha creado un cisma entre el Gobierno socialista y el Partido Popular y Ciudadanos, que parece que funcionan de forma coordinada. La deseable unidad contra el secesionismo de los constitucionalistas se resquebraja por falta de un acuerdo entre ellos. Es evidente que alguien se equivoca -ya veremos quién- y eso beneficia a los secesionistas: nada mejor para ellos que ver a sus adversarios estatales a garrotazo limpio.

Conclusión provisional a cuatro días: a lo hecho, pecho; no es posible la marcha atrás. Si Sánchez y Torra se reúnen, tienen que hablar de autodeterminación, por supuesto; pero para dejar clara la posición del Gobierno del Estado y no alimentar más la bicha de la desconfianza. Sí al diálogo, sí a la comunicación entre los dos Gobiernos, sí al lenguaje claro y sí a la unidad nacional: no la van a romper unos cientos de alborotadores ni un presidente mesiánico que ni siquiera tiene iniciativa propia, sino que obedece las órdenes del prófugo de Waterloo.

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