Ibuprofeno o cirugía invasiva


La política del ibuprofeno, como la definió el ministro Borrell, se examina de reválida este viernes en Barcelona. Un test que se me antoja decisivo. Si el fármaco no funciona, si no consigue rebajar un ápice la inflamación catalana, aventuro un próximo cambio de médico: inminente convocatoria de elecciones generales. Y posiblemente, como previsible veredicto de las urnas, terapia de choque para afrontar el conflicto catalán: quimioterapia o cirugía invasiva en vez de paños calientes. Aplicación de la receta prescrita por la triple alianza, no la de Bismarck, sino la de Casado, Rivera y Abascal, con rúbrica al pie del renacido José María Aznar.

El Consejo de Ministros que se celebrará el viernes en Barcelona tenía, en origen, otra finalidad. Debería refrendar, según las previsiones de Sánchez, la política de apaciguamiento y distensión. El éxito del ibuprofeno: no cura el cáncer, pero desinflama y alivia. Pero el independentismo más irredento, las soflamas de Torra, su llamada a la insurrección y su apelación a la vía eslovena, han desvirtuado e incendiado el cónclave. Ya no importa lo que se apruebe o deje de aprobar. ¿A quién le interesa, a estas alturas, el salario mínimo, los Presupuestos o las mejoras de la financiación catalana? Lo que está en juego es la supervivencia del Estado. Si el Gobierno de España -el anterior, este o el próximo- no puede reunirse en la capital catalana, entonces se impone la receta de la cirugía invasiva. Las tesis del general Espartero, quien abogaba por bombardear Barcelona cada cincuenta años. O las del gurú Aznar, quien, haciendo de la Constitución mangas y capirotes, propone intervenir la comunidad autónoma sine die.

El Gobierno saldrá trasquilado de un Consejo de Ministros celebrado en el filo de la navaja. En mayor o menor medida, dependiendo del grado de violencia que se suscite. La CUP, los acólitos del tándem Torra-Puigdemont y los comités republicanos harán lo imposible para dinamitar las vías y provocar el descarrilamiento del Gobierno intruso. Saben que si al 1-O de Rajoy le añaden el 21-D de Sánchez, derriban los últimos diques que contienen la confrontación directa, a bayoneta calada, con el ejército invasor. Su objetivo está claro: eliminar al mediador y taponar cualquier intento de reconducir el conflicto por la vía del diálogo pacífico.

De la vertiente constitucional tampoco puede esperar el Gobierno ningún auxilio. Pedro Sánchez se desangra en Cataluña, como han puesto de manifiesto las elecciones andaluzas y el nerviosismo de los barones socialistas, y las tres derechas se disputan la pieza. Poco importa que, a resultas de la cacería, estalle en mil pedazos el polvorín catalán. Tiempo habrá, creen ellos, para recomponer, manu militari, el desaguisado creado por el tibio Rajoy y el golpista Sánchez.

Por eso sospecho que la política de distensión tiene los días contados: tres, para ser exactos. Salvo que los secesionistas más pragmáticos -curiosamente, muchos en prisión- defiendan in extremis la eficacia del fármaco, el ibuprofeno será borrado del vademécum el viernes.

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