La autoprotección de la mujer


La trágica muerte, sin duda asesinato, de Laura Luelmo ha provocado un debate singular: la autoprotección de la mujer que sale a pasear o correr por parajes solitarios u oscuros. Quizá algún lector lo pudo ver ayer en el programa La Mañana de Televisión Española: a este cronista se le ocurrió advertir de los peligros que acechan a esas mujeres, de la ventaja de salir acompañada y del miedo que acababa de confesar una madre al señalar que «todos tenemos hijas». Las tres contertulias que participaban en el programa cayeron sobre mí como si hubiese dicho una blasfemia. Una incluso llegó a hablar de «cultura de protección paternalista» que, traducido del feminismo al idioma común, quiere decir cultura de protección machista. Es decir, que este escribidor puede ser un machista por hacer una simple anotación sobre la necesidad de evitar los peligros o de aconsejar la autoprotección. Este tipo de feministas viven en un mundo idílico en el que se imaginan que los agresores sexuales y los asesinos pueden desaparecer por arte de magia. Sueñan con tal grado de libertad de movimientos que su integridad física se puede garantizar simplemente con una adecuada educación. Y pasan al capítulo del agravio con la comparación con el varón, que sí disfruta de esa libertad y nadie le recomienda que no salga a correr en soledad por los campos o lugares solitarios. A mi juicio, la cuestión es la siguiente: ¿Existe peligro de asalto a la mujer? Si la respuesta es afirmativa, como demuestran los casos de violaciones y otros tipos de agresión, parece evidente que, por lo menos, hay que tenerlo presente y a ser posible evitarlo. ¿Existen delincuentes dispuestos a cometer un delito, a veces con resultado de muerte de la única persona que puede testificar, que en este caso es su víctima sexual? Desdichadamente, la tragedia de Laura Luelmo, como antes la de Diana Quer o la de la norteamericana que peregrinaba a Santiago, lo ha vuelto a confirmar, y eso que su presunto asesino había estado 17 años en la cárcel y sabía la pena que conlleva el asesinato de una mujer. Señoras feministas, soy el primero es suscribir el deseo de que la mujer pueda salir a correr sola a la calle, a los parques o al descampado. Faltaría más. Suscribo la ambición de que lo haga con absoluta libertad y seguridad. Pero ese deseo y esa ambición tienen un límite: el de la certeza de que el riesgo existe, queramos o no, y que no lo va a resolver ningún programa educativo. Me parece irresponsable inducir a chicas o mujeres maduras a ignorar ese peligro. Advertirlo no es, como a mí se me reprochó, hacerlas culpables de las atrocidades que sufren. Es, sencillamente, una obligación personal. Y también profesional. 

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