Migración y extrema derecha


Mientras aún colean las consecuencias de la violenta protesta del pasado domingo contra el Pacto Mundial sobre la Migración de la ONU, convocada por la extrema derecha belga en Bruselas, que se saldó con la detención de más de cien personas y numerosos destrozos, nos enteramos de que se ha descubierto una posible célula nazi infiltrada en la policía de Frankfurt. Cinco agentes, cuatro hombres y una mujer, mantenían un grupo en WhatsApp en el que compartían fotos sobre Hitler y esvásticas prohibidos en Alemania. Ambos son síntomas de una grave enfermedad cuyo origen no hemos sido capaces de curar y que amenaza nuestro futuro político y nuestra estabilidad social. La extrema derecha va ganando adeptos con su lenguaje populista entre una población cada vez más descontenta con la forma en la que los gobiernos afrontan el fenómeno migratorio, con una constante llegada de personas a las que no se puede acoger en las debidas condiciones y en un momento en el que la economía crece pero las condiciones laborales empeoran a pasos agigantados. No ayuda la circulación de vídeos en los que se señala los supuestos beneficios económicos que pueden obtener los extranjeros en los diferentes países de la UE. Y aunque la cuestión es mucho más compleja, el mensaje cala en una parte de la población castigada duramente por los recortes de la crisis económica, que padece las embestidas de ataques terroristas con cierta regularidad, observa con estupor el aumento de los asesinatos por bandas del Este o Latinoamérica y se estremece cuando le aseguran que un alto porcentaje de las agresiones a mujeres son a manos de extranjeros. Si la extrema derecha avanza es por el fracaso de las opciones moderadas. La corrupción y la tibieza dan la impresión de debilidad. Las hienas siempre atacan en grupo a los animales heridos. Evitarlo está en nuestras manos.

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