Las reacciones previas, y preventivas, al encuentro de los señores Sánchez y Torra son un buen termómetro de la salud del problema territorial español. La agresividad de los partidos estatales más conservadores indica la dificultad de encontrar una solución a la cuestión catalana, si es que la tiene. Pues eso no es nada comparado con lo que se dirá en cuanto esos partidos enjuicien la totalidad de los encuentros, que pueden ser dos: la de presidentes por un lado y la de ministros y consejeros por otro. Y algo debe temer el Gobierno central por la forma en que comunicó la noticia: Carmen Calvo habló de Sánchez y Torra y de ella misma y el vicepresidente catalán. La versión de que también hablarán ministros y consejeros vino de la Generalitat. Y solo faltaría que todos estuviesen en la misma sala y en el mismo momento: la crítica sería que Sánchez entregó a los independentistas la victoria de hablar de Gobierno a Gobierno y de Estado a Estado.

Es evidente que esta última imagen no la puede admitir el señor Sánchez de ninguna manera, ni siquiera como posibilidad remota. Si la admitiese, estaría cayendo en un agravio para el resto de comunidades que no se justifica ni con la aprobación de los Presupuestos por parte de los nacionalistas. Él pagaría un altísimo precio de entreguismo con un coste electoral que dejaría pequeño al ya pagado en Andalucía. Y sería previsible que el clima político se radicalizase todavía más, con el beneficio para Vox que también se vio en las elecciones andaluzas.

Lo sabremos cuando conozcamos el formato final, quiénes fueron los asistentes y qué temas hubo en el orden del día, porque supongo que habrá un orden del día apalabrado y no tantos como versiones previas de los encuentros. Pero decía al principio que esto es un buen termómetro del problema territorial y el diagnóstico confirma la gravedad. En ningún país existen esas reticencias ante un contacto entre el segundo representante máximo del Estado y el representante regional de ese mismo Estado. En ninguna nación democrática se hacen los preparativos con un secretismo tan grande que parece vergonzante, como si se estuviese organizando la comisión de un delito. Y en ningún régimen de democracia normalizada se entiende el diálogo entre el poder central y el periférico como un riesgo para la unidad nacional.

Aquí sí. Aquí se mueven los cimientos de la patria cada amanecer. Aquí tocas un nervio sensible y levantas todas las sospechas y provocas un vendaval de desconfianza. Aquí se organiza un encuentro y parece una conspiración. Y aquí cada día es más difícil distinguir dónde empieza la defensa de la integridad del Estado y dónde el desbocado y primario interés electoral.

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