Balance incompleto de un año muy instructivo


2018 será recordado en la historia de España por dos acontecimientos de indudable trascendencia: el primer triunfo de una moción de censura al gobierno con la Constitución de 1978 en vigor y la movilización de las mujeres, que alcanzó su mayor hito el 8 de marzo. Hay, sin duda, otros de enorme relevancia para nuestro país y para el mundo: el fin de la mayoría de izquierda en Andalucía; la victoria de Bolsonaro en Brasil, un paso más en el ascenso global de la derecha extrema, nacionalista y autoritaria, que en España se ve reflejado en el espectacular crecimiento de Vox y el giro radical del PP; el enquistamiento de la crisis catalana; la protesta de los chalecos amarillos en Francia, otra prueba de que el fin de la crisis no ha acabado con el malestar social; la degeneración de los regímenes de Nicaragua y Venezuela, que, una vez más, debería hacer reflexionar a la izquierda; el Brexit y las dificultades de la Unión Europea; la tensión comercial y militar entre las grandes potencias... Casi todos guardan relación con los efectos de la crisis iniciada en 2008, pero no es posible analizar sus complejas características en un artículo periodístico, de ahí que este incompleto balance se centre en los dos primeros, a pesar de las inevitables referencias a alguno de los otros.

El éxito de una moción de censura presentada en solitario por un partido que solo contaba con el 24% de los escaños se explica por la necesidad de desalojar del gobierno a un PP carcomido por la corrupción. Solo así se puede entender la decisión final del PNV, que hubiera tenido muchas dificultades para conseguir que sus votantes aceptasen su apoyo a Rajoy, y que Unidos Podemos no exigiese un ministerio de coalición. Más arriesgada parece la decisión de Pedro Sánchez de retrasar las elecciones. La apuesta por atraer hacia el pragmatismo a un sector de los independentistas catalanes puede ser una de las pocas vías razonables hacia la solución de un conflicto que envenena la política española y amenaza con conducir al enfrentamiento civil en Cataluña, pero necesita tiempo y se ve enormemente dificultada por el desvarío muchos líderes catalanes, la discutible prolongación de la prisión provisional de los políticos encausados por los sucesos de octubre del año pasado, un poder judicial puesto en entredicho por el propio Partido Popular y la extrema debilidad del ejecutivo. Las elecciones andaluzas demostraron lo peligroso que resulta prolongar lo que solo pudo ser una interinidad.

Las elecciones generales de 2015 y 2016, como las andaluzas de 2018, indicaron que durante un periodo probablemente largo los partidos deben asumir que ya no tendrán mayorías que les permitan gobernar en solitario. La nueva situación exige que se produzca pronto otra novedad: un gabinete de coalición. Las elecciones no las gana la minoría más votada, sino el partido, o el conjunto de partidos, que sea capaz de formar gobierno. Al menos, un PP que se dispone a hacerlo en Andalucía con solo el 23% de los escaños y el 20% de los votos, menos en ambos caso de los que obtuvo el PSOE en las elecciones generales, tendrá que olvidarse de tonterías como la «coalición de perdedores» y de las ridículas demonizaciones de los tripartitos. Algo vamos aprendiendo los españoles, eso era lo normal en la mayoría de las democracias europeas.

Ayuda que Podemos haya levantado el estigma sobre una Constitución que tiene defectos, como todas, pero es plenamente democrática, garantiza las libertades y protege los derechos fundamentales. Lo malo es la radicalización de la derecha, que parece arrastrar a Ciudadanos, al menos en todo lo relacionado con Cataluña. Que sean precisamente los herederos de quienes tuvieron más reticencias hacia la Constitución, o incluso la rechazaron, José María Aznar incluido, los que ahora repartan credenciales de «constitucionalista» puede provocar hilaridad, pero lo que esconde es el intento de excluir del sistema a toda la izquierda y a los otros nacionalistas, y eso asusta. La descalificación permanente del contrario, el abuso del insulto, la dramatización excesiva y el olvido de los argumentos solo contribuyen a enturbiar las cosas. Afortunadamente, vivimos en un país relativamente próspero y bastante tranquilo, incluyo en esto a Cataluña. Lo deseable sería que el mal teatro que representan buena parte de los políticos y sus corifeos mediáticos, también incluyo en esto a Cataluña, no llegue a confundirse con la realidad.

Hay una pregunta que me hago desde hace tiempo y para la que solo encuentro una respuesta que me disgusta ¿Por qué en Galicia los políticos del PP, en la Xunta, en el parlamento, en los ayuntamientos, hablan siempre en gallego y en Cataluña lo hacen en castellano? Buscar enfrentamientos nunca puede conducir a la concordia.

La movilización de las mujeres en defensa de sus derechos es el mayor acontecimiento social del siglo XXI. Las masivas manifestaciones y huelgas del 8 de marzo en España solo fueron la expresión rotunda y llamativa de algo que está cambiando la sociedad y que supone incluso una garantía frente a las amenazas a la democracia en todo el mundo. No es casual que en las mujeres hayan encontrado la mayor resistencia Trump, Bolsonaro, el PIS polaco, Orbán, Vox o los tiranos islamistas. Tampoco lo es el machismo de los nuevos líderes reaccionarios. Se me objetará que, en todos los casos que he citado, la movilización feminista no ha sido suficiente para frenarlos, pero su éxito, como cualquier cambio social, solo puede producirse a largo plazo.

Una de las pocas ventajas que da el paso de los años es la de obtener perspectiva para comprender la profundidad de los cambios, mi oficio también ayuda. Han sido muchos en el último medio siglo en España, la democracia, la universalización de la enseñanza y la sanidad, la mejora del nivel de vida, no están entre los menores, pero pueden considerarse inmensos con relación a los derechos de las mujeres y a su incorporación a cargos públicos, puestos directivos y empleos relevantes.

Lo logrado no oculta lo mucho que queda por conseguir. Algunas cosas, como que una mujer no debería tener razones para sentir temor por pasear o correr sola, casi avergüenza decirlas. Irrita por ello especialmente el nacionalmachismo que tanto impulso ha cobrado los últimos tiempos, pero algo que nos enseña la historia es que nunca se ha logrado nada sin resistencia, también que con frecuencia es necesario luchar para defender las conquistas.

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