Franquicias


Todo tiene su ciencia. Lo más artesano y singular. Y las franquicias. La película The Founder cuenta el nacimiento y expansión de un gigante. Un buen día el comercial Ray Kroc se paró en un restaurante de San Bernardino, California. Él, que sufría durante sus viajes las inclemencias de los establecimientos de falsa comida rápida, se quedó maravillado por cómo funcionaba el local de los hermanos Richard y Maurice. Ellos habían entendido lo que quería la gente: hamburguesas baratas en treinta segundos, sin camareros en patines ni otras fanfarrias. Además, a Kroc le gustaba el nombre del negocio: McDonald’s. Convenció a los dueños para trabajar con ellos en la expansión de la empresa, tanto que acabó apropiándose de ella. Franquicias, ese era el secreto. A Kroc casi se le cae el proyecto porque los socios se pasaban de creativos: un burrito, unas costillas... Finalmente, el jefe impuso su criterio y logró que McDonald’s fuese McDonald’s aquí y en la China popular, que diría Carod-Rovira.

Podemos también detectó perfectamente las demandas de gran parte de la población. Pero se topó con que es más fácil escribir recetas que elaborarlas. Y lanzó franquicias con diferentes menús, abriendo sus cocinas a diferentes chefs para, supuestamente, contentar a más clientes. La amplitud de carta siempre es aplaudida. Hasta que el jefe de queda sin postre, como ha pasado en Galicia. Lo de que los propios votantes se encuentren con platos sorpresa parece que molesta menos. Hace unos días Lluís Rabell, que fue cabeza de lista de Catalunya Sí Que Es Pot, escribió un texto acusando a los comunes de «estrabismo político» por contemplar solo «la movilización de una parte de la sociedad catalana, sin percibir la angustia y perplejidad de la otra». Las díscolas franquicias.

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