El rey y la juventud republicana

EFE

En su discurso de Nochebuena se centró Felipe VI en dos asuntos primordiales, que traslucen sin duda sus grandes inquietudes. Habló, en primer lugar, con tanta claridad como razón, de la necesidad de mantener la convivencia, dentro de la Constitución, y de recuperar los valores sobre los que, en la Transición, se construyó la mejor España de toda nuestra historia: la reconciliación y la concordia, que salvaron al país de los recurrentes rencores del pasado. Sin mencionarla, la gravísima situación que hoy atraviesa Cataluña como consecuencia de la insurrección secesionista estaba detrás de esas palabras del monarca.

Después se refirió el Rey con detenimiento a la situación de nuestros jóvenes: los desafíos nacidos de la revolución tecnológica para su presente y su futuro, su necesidad de trabajo y de vivienda y la importancia de apoyo institucional para favorecer la construcción de un proyecto autónomo de vida.

Expresó así el monarca una notable desazón, compartida por millones de españoles. Y manifestó también, al tiempo, la voluntad de la Corona de reencontrarse con una parte de la población entre la que, según los estudios más recientes, ha decrecido el apoyo a la monarquía. Tanto que el rechazo a la Corona es hoy en España mucho menos una cuestión de ideología que de generación.

¿Aciertan los jóvenes al identificar república y modernidad? ¿Les favorecería el cambio de nuestra forma de gobierno? Creo que no. Y lo creo aun sabiendo que el principio representativo, característico de la democracia, se aviene mal en teoría con el hereditario en el que las monarquías se sostienen.

Pero una cosa es la teoría y otra la práctica de las formas de gobierno. Tanto que hoy, a diferencia de lo sucedido en el pasado, aquellas nada dicen sobre la calidad de una democracia. Hay repúblicas zarrapastrosas y autoritarias (Cuba o Venezuela) y monarquías admirablemente democráticas: las nórdicas, la española o la británica.

La cuestión es, pues, si, visto el creciente deterioro de la vida política nacional y la fuerte centrifugación territorial, una monarquía parlamentaria situada por encima de la políticamente inevitable lucha de partidos contribuye mejor o peor que lo haría una república a facilitar el funcionamiento de nuestra democracia.

Estoy convencido de que mejor, como lo demuestra claramente la historia de España durante las cuatro últimas décadas. Como lo estoy de que los más perjudicados por la eventual proclamación de una república serían los que están más necesitados de la estabilidad que con aquella en gran medida perderíamos: nuestros jóvenes. Quienes hoy los camelan con sus cantos de sirena republicanos les ocultan la verdad: que nunca le ha ido mejor a España que desde 1977 para acá. Y que nuestra monarquía parlamentaria, lejos de haber dificultado ese inmenso avance en todos los terrenos, lo ha favorecido. Esa, sin tapujos, es la realidad.

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