Futuro incierto y fragmentado


A escasos momentos de empezar 2019 aprovecho estas líneas que me concede La Voz de Asturias para desear a la plantilla de este medio digital y a sus lectores mis mejores deseos para el año que entra, que aunque suene a tópico, espero que esté cargado de buenas noticias.

Me gusta ser positivo y pensar que las cosas irán a mejor, porque ir con la cabeza baja desanima y no te permite afrontar los retos como debieras. Tampoco es bueno vivir en una nube y tener unas expectativas altas si el resultado tiene toda la pinta de ser poco menos que catastrófico. Es cierto que si me tuviera que poner ahora a aventurar el futuro, a día de hoy preveo malas vibraciones. Las pasadas elecciones andaluzas y el más que probable pacto de las derechas (a tenor de que se han puesto de acuerdo para la formación de la Mesa del Parlamento, con la designación de Marta Bosquet como nueva presidenta de la cámara) da a entender que ante un año tan electoral como 2019 la izquierda perderá apoyo popular. Está ahí la posibilidad de un ‘superdomingo’ si el Gobierno nacional no es capaz de sacar adelante los presupuestos, pero fijo tendremos el 26 de mayo unas elecciones cruciales en ayuntamientos, comunidades autónomas y Parlamento Europeo.

Ojalá me equivoque pero los bandazos que va dando el electorado, sumado a la fragmentación del voto y al crecimiento de los extremos y los populismos, parece que nos enfrenta a un futuro cuanto menos incierto. La crisis, que parece que no terminará nunca, impacienta, y eso también influye en los resultados de las elecciones y en los comportamientos sociales. En Asturias no estamos ajenos a ello con Alcoa, Arcelor y la minería, entre otras empresas y sectores. Las condiciones laborales de muchos trabajadores siguen siendo muy precarias. La falta de conciencia de clase permite al neoliberalismo que no haya unidad de acción entre los más vulnerables. Ante la desesperación por salir adelante aceptan cualquier empleo sin verse arropados más que por sus entornos más cercanos. Lamentablemente pienso que estamos en un momento en el que lo verdaderamente importante (desde luego que es una cuestión subjetiva determinar lo que entraría en este campo y lo que no) queda en numerosas ocasiones relegado a cuestiones banales, pero a las personas está clarísimo que nos mueven a veces más los sentimientos que el razonamiento y ello provoca que se actúe impulsivamente sin medir las consecuencias.

La verdad es que 2018 ha sido un año en el que ha pasado de todo: desde una moción de censura insólita, que desterró a Rajoy y proclamó a un resurgido Pedro Sánchez, hasta la irrupción de Vox en Andalucía, que ha roto la racha sin presencia de partidos de ultraderecha en las instituciones desde que regresó la Democracia. Veremos si no hay más sorpresas en las próximas fechas. A veces cuanto peor se pone la cosa es cuando uno da más de sí para intentar evitar lo que no quiere que ocurra. En lo que a mí me concierne intentaré que 2019, aunque lo empiece con un ánimo un tanto pesimista, me corrija y que el pronóstico que hago en este artículo haya sido fallido. ¡Feliz año nuevo!

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