Las extremas se tocan. O no se tocan


La elección de la nueva presidenta del parlamento andaluz con los votos del PP, Ciudadanos y Vox -anuncio de una futura mayoría de gobierno- ha levantado una ola de indignación entre partidos, intelectuales, medios de comunicación, brunete internaútica y simples ciudadanos escandalizados por los pactos de la derecha con la extrema derecha, pero encantados de los de la izquierda con la extrema izquierda. 

Tal contraste tendría lógica si no fuera porque, como los extremos, también las extremas se tocan, de modo que censurar los acuerdos por un lado y alabarlos por el otro sólo prueba ciego sectarismo. Vox reniega del Estado autonómico y la extrema izquierda también, pues aspira a sembrar la autodeterminación por toda España. Vox no jura ni promete la Constitución y la extrema izquierda tampoco. Vox recibe parabienes de Trump y le Pen y la extrema izquierda no disimula su simpatía, cuando no su abierto apoyo, a las dictaduras cubana o venezolana. Vox proclama un nacionalismo español que es muy malo para quienes consideran muy bueno el gallego, vasco, catalán, valenciano o balear. Vox ataca las políticas de género y el líder de Podemos colabora en el canal de televisión iraní Hispan TV con el régimen teocrático de un país donde las mujeres carecen de derechos (véase en Google el vídeo Pablo Iglesias habla de su relación con Irán). Vox es antieuropea y la extrema izquierda también bajo el cuento de la Europa de los pueblos y los monopolios.

Por tanto, desautorizar los pactos derecha-extrema derecha sería honesto en una izquierda contraria a tocarse con la extrema izquierda y dispuesta, para evitar tales acuerdos, a apoyar ejecutivos locales, regionales y nacional de gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos. Aunque ello supondría un gran problema -pues renunciar a los pactos de izquierdas y derechas sería hacerlo a la alternancia y a sus ventajas democráticas-, lo que resulta obsceno es sostener que uno puede pactar con todo lo que tiene a su izquierda y el adversario no puede hacerlo con lo que tiene a su derecha.

Tal obscenidad supera, en el caso del PSOE, el límite elemental de la decencia. Porque llegar a acuerdos con la extrema izquierda es una cosa y otra muy distinta, e intolerable, hacerlo con el nacionalismo golpista, que se cisca en la Constitución, la ley y la sentencias judiciales. Que el mismo PSOE que llega al poder y aguanta en el Gobierno con los votos de dos partidos cuyos dirigentes serán juzgados por rebelión o están fugados de la justicia critique los pactos de la derecha constituye una infinita desvergüenza. Que demonice a Vox el mismo PSOE cuya líder vasca brinda feliz en Nochebuena con el Otegi que justificó docenas de asesinatos de ETA (entre otros, los de destacados militantes socialistas) demuestra el giro demencial de un partido que hoy avergüenza a millones de personas que antes lo apoyaron con coraje e ilusión.

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