Y en el 2019, ¡ay!, más de lo mismo


Con lo malo que ha sido para España, políticamente hablando, el año que anteayer se despidió, cabría esperar que quienes tienen en sus manos la responsabilidad y la posibilidad de que este 2019 sea mejor -un grupo muy reducido de personas- se hubieran tomado las uvas con un propósito firme de la enmienda: pensar menos en sus intereses personales o de partido y más en los generales del país.

Nada hay, sin embargo, en el panorama actual que anime al optimismo. La inestabilidad, dueña de la vida pública nacional desde las generales fallidas del año 2015, se cronificó en el 2018 tras una moción de censura que, anunciada para darle voz al cuerpo electoral, lo ha convertido en rehén de un presidente del Gobierno incapaz de ver más allá de sus propias ambiciones. Ellas son, de hecho, las únicas que explican la total anormalidad en que se ha instalado nuestra democracia en los siete últimos meses: un Ejecutivo literalmente sumido en profunda crisis de gobernabilidad, que cuenta en la cámara con el único apoyo seguro de 84 diputados ¡sobre 350! y que solo es capaz de superar la oposición conjunta del PP y C’s recurriendo al apoyo de los organizadores una insurrección contra la unidad del país y la Constitución que la asegura.

Si alguien pensaba que el hecho que ha metido al país en el laberinto infernal en que ahora está -el convencimiento berroqueño de Pedro Sánchez de que antes o después conseguirá salirse con la suya- podía cambiar una vez constatados en la elecciones andaluzas los devastadores efectos de su empeño para el Partido Socialista, que se lo quite de la cabeza. Si alguien confiaba en que la aparición en esos mismos comicios de un partido caracterizado por un tan rudo como reactivo nacionalismo español haría repensar a los independentistas catalanes el destino final de su enloquecida rebelión, ya puede irse despidiendo. Lasciate ogni speranza, escribió Dante en el canto tercero de La Divina Comedia que figuraba inscrito en la entrada ¡del infierno!

Abandonemos, sí, toda esperanza: Sánchez despidió el año reiterando su firme decisión de agotar la legislatura, aunque ello le obligue a hacer cosas tan ignominiosas como ocultar el vergonzoso pliego de exigencias de la Generalitat insurrecta, que el presidente aún no ha rechazado, o afirmar que «no hay ningún elemento para la polémica» al enterarse del brindis navideño con Otegi de la líder de los socialistas vascos. Abandonemos, sí, toda esperanza: Torra despidió el año llamando a los catalanes a «rebelarse contra la injusticia», es decir, contra el cumplimiento de las leyes y las sentencias judiciales. Y así, dando tumbos entre la irresponsabilidad de un presidente rebelde y la de otro que depende de él para seguir en el cargo, seguirá el país en 2019, como ya lo estuvo en 2018, salvo que los electores lo eviten votando en mayo con toda claridad contra este terrible estado de la nación.

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Y en el 2019, ¡ay!, más de lo mismo