El orden del día

Éric Vuillard
Éric Vuillard

En las infinitas listas de libros del 2018 se repite una obra que no se deja deslumbrar por el brillo de la historia. Se acerca a las juntas de los azulejos para mostrar la mugre más vulgar. Barre de las esquinas ese polvo que no parece digno del mármol. Es El orden del día, de Éric Vuillard. Lectura obligada en días inflamados, en momentos ebrios de las glorias del pasado y las promesas del futuro. Perfecta para ver de otra forma, por ejemplo, la investidura de Jair Bolsonaro. Vuillard, sutil y afilado como una aguja venenosa, es un antídoto contra los salvadores de la patria y la patria misma. Hace emerger las miserias que se ocultan tras el cortinón de la épica. Presenta la cocción de la Segunda Guerra Mundial como una sopa de intereses, apariencias y mediocridad. Señores con buenos modales y malas compañías. Comienza con una reunión de industriales alemanes que ofrecen su bendición a la causa nazi para cobrársela después en mano de obra esclava. Recrea el almuerzo interminable de Neville Chamberlain y Joachim von Ribbentrop, conversando sobre tenis y degustando macarons mientras los alemanes se anexionaban Austria. Reproduce la conversación en la que Hermann Göring dice que hay que colocar a su cuñado de ministro en Viena. Recuerda que el avance de las tropas sobre el territorio austríaco fue un fiasco de atascos maquillados por la propaganda nazi. E incide en el papanatismo de casi todos, incluido el canciller de Austria Kurt von Schuschnigg. A Vuillard le sorprende «el inaudito triunfo de la desfachatez. El mundo se rinde ante el bluff. Incluso el mundo más serio, más rígido, incluso el viejo orden, aunque nunca cede cuando se exige justicia, aunque nunca se doblega ante el pueblo que se subleva, sí se doblega ante el bluff».

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